viernes, enero 12, 2018

Glorias olímpicas invernales: Katarina Witt




Fue “la cara más bella del socialismo”. Años después sería injustamente señalada por colaborar con la Stasi, la omnipresente policía secreta de la República Democrática Alemana. En realidad, ella era la espiada. Siempre quedará en nuestra memoria como una de las patinadoras más exquisitas que jamás haya pisado una pista. Carmen sobre hielo.

Katarina Witt  mostró aptitudes atléticas desde pequeña, por eso fue a una de las escuelas especiales que se desarrollaron en la RDA con el propósito de fabricar campeones. Su vida se convirtió en entrenamiento constante y disciplinado.

Ese entrenamiento dio frutos muy pronto. Katarina era subcampeona mundial en 1982, a los 17 años. En los Juegos Olímpicos de Sarajevo 1984 ganó la medalla de oro. Ese mismo año fue también campeona mundial, título que obtendría tres veces antes de presentarse en los Olímpicos de Calgary 1988. Allí se dio la “Batalla de las Cármenes”, porque tanto Witt como su rival, la estadunidense Debi Thomas, decidieron hacer su programa largo con la música de la ópera Carmen, de Bizet. Witt no sólo fue más elegante que su rival, que dependía más de su atleticismo y falló varios saltos complicados, sino que tuvo una presentación memorable. Con ella, se convirtió en la segunda patinadora de figura, después de Sonja Heine, en repetir como campeona olímpica.

Tras su cuarto título mundial, Witt pasó al profesionalismo, hizo espectáculos sobre hielo y también cine y televisión (incluso, ganó un Emmy). Tras la reunificación alemana, fue convencida de representar a su país en los Juegos Olímpicos de Lillehammer 1994. Ahí presentó “¿Adónde han ido todas las flores?”, que fue la más artística de las presentaciones en ese evento, pero no la más perfecta en lo técnico, por lo que quedó fuera de las medallas.

Con la reunificación, se acusó a Witt de haber colaborado con el gobierno comunista caído. Ella era una figura pública, “la cara más bella del socialismo”, nunca se había quejado, y el ambiente de sospecha de la época la señalaba.

Katarina tuvo que probar que no había sido una espía. Lo que encontró en los archivos de la Stasi es que había sido vigilada desde que tenía 8 años, que alejaron a su primer noviecito, mandándolo lejos a hacer el servicio militar y no dándole permisos de salida, para que Katarina se concentrara en sus entrenamientos y rutinas, que reportaban conversaciones, tiempos de traslado, todo. Que no tenía vida privada.

Lo curioso es que la patinadora estaba tan ensimismada en su deporte, que no tenía cuestionamiento alguno del sistema totalitario en el que le tocó vivir. Aún así, el régimen no confiaba en ella, y la espiaba constantemente.

La bella Katarina, que hizo también época con los atrevidos atuendos con los que competía, se ha dedicado posteriormente a la televisión y el cine. En 1998 posó desnuda para Playboy y, vale la pena decirlo, ese número fue el segundo que se agotó completamente (el primero fue con Marilyn Monroe). 

miércoles, enero 10, 2018

AMLO no es de izquierda (4 textos)

A lo largo de los últimos meses he publicado en Crónica varios artículos que tienen el mismo leit-motiv. Andrés Manuel López Obrador no es un político de izquierda.
Aquí van cuatro de ellos.



AMLO no es de izquierda

La frase que da título a esta columna puede parecer una provocación. En cierto sentido, lo es. No por ello deja de ser cierta, al menos en lo que se ha entendido por izquierda desde que el concepto nació, en tiempos de la Revolución Francesa, y, sobre todo, con la irrupción ideológica del marxismo.

Lo primero son las definiciones. Las que da Andrés Manuel son, por decir lo menos, peculiares. Según el líder de Morena, ser honesto y amar a la gente es ser de izquierda. Con eso basta. Recuperando valores y principios se puede regenerar la vida política del país. El programa es lo de menos.

Hay quienes entienden el ser de izquierda de otra manera: apostar por un modelo económico que responda a los intereses y necesidades de las mayorías trabajadoras, por una mejor distribución del ingreso y la riqueza y, sobre todo, por una mejor distribución del poder.

Eso significa, a mi entender, que cualquier proyecto que se base exclusivamente en la lógica de subsidios y transferencias para paliar las desigualdades, a la postre sirve para prolongarlas. La clave del mecanismo de reproducción está en la relación vertical entre el que da el subsidio y quien lo recibe. Si no hay una organización social paralela al proceso, el resultado es de una mayor dependencia: el paternalismo gubernamental tiene su contraparte en el “hijismo” popular.

También significa el reconocimiento de que todavía existen las clases sociales, que luchan por la distribución del poder. El ser pobre o parte del pueblo bueno no es una condición de clase. Lo es, en cambio, encontrarse en cualquier parte de la cadena de producción-distribución. Es en función de ello, y de las ideologías que nacen de esa condición, que se pueden forjar alianzas sociales de gobierno: no en la mera delegación de poderes hacia un presidente que los detenta todos.

Para la izquierda existen los ciudadanos de distintas clases sociales, que gozan de derechos individuales y tienen impacto político según su capacidad de movilización (electoral o de otro tipo), y lo que busca es que el impacto de los trabajadores sea mayor.

El de pueblo es un concepto totalmente distinto, ligado a las ideologías más reaccionarias. Los individuos no importan, sino el pueblo, concebido como entidad monolítica. Y ese pueblo mítico (y bueno) expresa la voluntad común. No importa que dicho pueblo esté conformado por personas que piensan de manera muy diferente entre ellos.

Detrás del concepto unitario de pueblo está, necesariamente, la existencia del caudillo, que interpreta la voluntad popular. Los ciudadanos (o los militantes del partido caudillesco, bonapartista) no actúan por sí mismos, sino que son llamados a aplaudir, a hacer bola, a decir que sí. Actúan en el papel de Pueblo en la obra de teatro. El poder está concentrado en una sola persona.

Ser de izquierda no siempre ha tenido la equivalencia de ser demócrata o abonar por las libertades individuales. Por un tiempo sólo una fracción de la izquierda, los socialdemócratas y reformistas, estuvieron de ese lado, mientras que la izquierda revolucionaria ponía énfasis en los cambios sociales radicales y tiraba a la basura las “libertades burguesas”. A partir de la segunda mitad del siglo XX eso fue cambiando y, tras la caída de la URSS, sólo una minoría recalcitrante de la izquierda desprecia las instituciones democráticas, las libertades ciudadanas y los derechos de las minorías.

Sobre esos temas, López Obrador ha sido omiso y, si ha destacado en algo, ha sido en su constante torpedeo a las instituciones electorales del país, que siempre son acusadas de estar vendidas a la Mafia del Poder si no le dan la razón. Temas como el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo son esquivados o, peor, se piensa en llevarlos a referéndum, como si no se tratara de derechos humanos, a sabiendas del conservadurismo del “pueblo bueno”. En un referéndum capaz que se aprobaría el regreso de la pena de muerte (aún con este sistema judicial fallido).

Igualmente, la izquierda nace de la idea de progreso histórico de la humanidad. Ir avanzando hacia fases superiores de la civilización. No es, nunca, nostalgia del pasado. Más aún, si ese pasado corresponde a un modelo superado por la historia en lo tecnológico y en las relaciones financieras y comerciales entre las naciones.

La izquierda vive en una discusión interna constante. La hubo aún en los regímenes totalitarios (a veces se resolvía con ejecuciones, como en la Rusia de Stalin; a veces, con el cambio de guardia, como con el triunfo de Deng Xiaoping sobre la Banda de los Cuatro). Sucede lo contrario con Morena y López Obrador: el desacuerdo es traición. Todo aquel que critica al líder es un alfil de la Mafia del Poder, y para eso hay un ejército que, con puras respuestas emotivas en las redes sociales, hace las veces de “voluntad popular”.

Uno a uno, los elementos que a mi juicio constituyen la manera de ser de la izquierda, están notablemente ausentes del discurso y de la praxis de Morena y de su líder. Habrá a quien le baste la idea de que “primero los pobres” para considerarlos de izquierda. Habrá quien diga que basta con la denuncia constante al “capitalismo de cuates” que sufrimos (mientras Andrés Manuel se agencia el apoyo de otros cuates).

Para mí no basta. Hay un problema sistémico, que va más allá de la corrupción que corroe al país, y que no se puede arreglar de un sopetón, con el advenimiento de un líder carismático, sino con reformas consecutivas, con una mayor y más plural participación social y con un proyecto que implique no solamente una más justa distribución del ingreso sino, en primer lugar, un combate a la enorme desigualdad existente en la distribución del poder.




Pirruris, señoritingos, fifís, blancos

Le han llovido críticas a Andrés Manuel López Obrador por el uso de adjetivos despectivos en contra de sus rivales políticos; dicen que está bajando el nivel de la discusión. Lo cierto es que calificar a los adversarios de “señoritingos” y “pirrurris blancos”, y a sus críticos de “fifís”, no es un desliz: es parte esencial de su campaña, que abreva del rencor social y que divide a la población entre Pueblo Bueno y Mafia en el Poder. Es algo pensado, bien pensado; algo que ya le ha funcionado y que le podría volver a funcionar.

El rencor y el resentimiento sociales son una realidad. Tal vez no nos gusten, y sin duda son obstáculos para la construcción de un futuro común. Pero no están ahí de gratis. Por una parte, las graves condiciones de una desigualdad que no se atempera, generan naturalmente rencores; por otra, el discurso machacón de López Obrador, ese “ellos contra nosotros”, ayuda a mantenerlos vivos, y a obtener dividendos políticos de ello.

Pirrurris es una palabra surgida en los años sesenta, para identificar a la gente de clase alta, que fue popularizada por el comediante Luis de Alba, cuando imitaba a uno de los juniors de Televisa. Lo que caracteriza al pirrurris es –subrayo– el desprecio a quienes considera clases bajas: la “naquiza”, la “chancla popular”, “de aspecto frijolero”. No sólo se define por su clase social, sino también por el rechazo racista a quienes no lo son, que puede ser cualquiera. Los nacos pueden ser de la “Colonia Nácoles” o de la “San Ratael”. El pirrurris es, por antonomasia, el hijo de papi, quien le resuelve todo. Es engreído, descortés y en todo momento hace menos a la gente común y corriente. En distintos grados, todos hemos sufrido alguna vez a este tipo de personajes en la vida real.

Señoritingo, según la RAE, es “una persona joven, de familia acomodada, que se comporta con presunción y altanería”. Es, pues, el sinónimo culterano de pirrurris. Señoritingo es una palabra más vieja, que por lo tanto remite al siglo XIX y al porfiriato. Recordemos que “señorito” era el tratamiento que daba el personal doméstico a los jóvenes a quienes servían. Señoritingo también da idea de refinamiento, de altanería y de una vida frívola y ociosa, propia de estos señoritos. A mediados del siglo pasado, el diputado priista Roberto Blanco Moheno volvió a poner de moda la palabra, al criticar a “los señoritingos de izquierda”, que no conocían el país.

Fifí, que es el apelativo que López Obrador ha dado a la prensa que no concuerda con él, es un americanismo, y corresponde a una “persona presumida y que se ocupa de seguir las modas”. Según el Diccionario Oxford es alguien “que tiene actitudes y modales delicados y exagerados”. De acuerdo con una versión, es el equivalente de frívolo. De acuerdo con la otra, es el de amanerado. En cualquier caso, un fifí está del otro lado de la trinchera del pueblo recio (y bueno).

Finalmente, está la novedad: “blanco”, que pone el color de la piel en la palestra política.

Hay que decir, al respecto, que Andrés Manuel no es el primero es usarlo. Lo hizo Pedro Ferriz Santacruz, al comentar sobre las elecciones de 1988. En aquella ocasión, Ferriz Santacruz dijo que Manuel Clouthier era extranjero, Carlos Salinas de Gortari, criollo y Cuauhtémoc Cárdenas, mestizo, dando a entender que cada uno respondería a los intereses de su “raza”. Recordemos, de paso, dos cosas: que Clouthier era mexicano y que México es el único país latinoamericano en el que la palabra criollo tiene connotaciones negativas.

El problema es que no es un locutor de radio quien utiliza el perfil racial, sino un candidato a la Presidencia de la República. Lo hace para diferenciar a sus rivales de la mayoría de los potenciales electores. No apela a las ideas, a los intereses que pueda haber detrás de cada proyecto de país, sino a la identificación primaria. Es política identitaria, igualita a la de los nacionalismos que han pululado en estos albores del siglo XXI.
Invocar a las diferencias sociales por el lado de los sentimientos, también le ha servido a AMLO para desentenderse de asuntos de programa. Basta ese llamado (el concepto de “Nosotros los pobres” y “Ustedes los ricos” es parte del imaginario colectivo mexicano) para que se echen de lado las propuestas reales, que quedan en segundo o tercer plano.

No importará si Andrés Manuel, al fin y al cabo, tiene de su lado a empresarios que no se distinguen por su vocación social, a dos exsecretarios de Gobernación, y ninguna intención de democratizar el poder, que es lo que haría alguien realmente de izquierda y ligado a las clases trabajadoras. Y no importa que haya blancos de apellido francés, anglosajón o polaco en el entorno de AMLO: son mestizos honorarios por el mero hecho de estar en Morena. Lo que importa es que haya una identificación primaria, elemental, a favor de uno y en contra de los otros.

Todavía le quedan en la chistera dos adjetivos a Andrés Manuel, que quién sabe si use. Uno es “fresa” –que tal vez no llegue a usar, porque en los años setenta, cuando AMLO era joven, significaba “conservador”, y Andrés Manuel lo es–, pero que se convirtió con el tiempo en un sinónimo de “rico” y “mamón”. El otro, anterior por una o dos décadas, es “popis” (tal vez ligado a la columna de sociales “Ensalada Popoff”, de Agustín Barrios Gómez). A lo mejor en un par de semanas, nos enteraremos que los candidatos ajenos a Morena, además de todo, son “popofones”.

Lo único que nos falta por conocer es dónde se fija la línea divisoria entre pirrurris y pueblo, entre señoritingos y plebe, entre fifís y recios, entre blancos y mestizos. Digo, para saber.



AMLO el místico y su PES cristiano

A muchos les sorprendió que el Partido Encuentro Social haya confluido en la alianza que postula a Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República. La verdad es que, en estas elecciones en las que abundan las coaliciones contradictorias, la del PES con Morena es de las menos discordantes, en términos ideológicos.

Al aceptar ser candidato del partido de los evangélicos, AMLO afirmó que “no hay diferencias de fondo, en lo político, en lo ideológico, entre lo que represento y lo que inspira a Encuentro Social”. Estoy convencido de que tiene razón.

López Obrador siempre ha tenido arranques místico-políticos. En 2006, hablaba de encabezar “la purificación de la vida nacional”; en 2012 decía que había que “auspiciar una nueva corriente de pensamiento para alcanzar un ideal moral, cuyos preceptos exalten el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza y a la patria”. Ahora repite temas parecidos, pero significativamente deja afuera otros.

Si revisamos el discurso político de Andrés Manuel a lo largo de los últimos años –y más claramente desde que dejó el PRD y fundó Morena–, podemos advertir un cambio de ejes. Habla cada vez menos de los pobres y cada vez más de la nación. Sus grandes temas ya no están ligados a la explotación o la mala distribución del ingreso, sino a la entrega de la nación al extranjero, la corrupción y la falta de valores. Desde hace tiempo dejó de buscar un lugar dentro de la izquierda, y buscó hacerse un espacio propio en la nueva disposición ideológica del país. Ese espacio está en el nacionalismo radical.

¿Cómo dejar a la izquierda sin perder con ello a la mayoría de sus electores de izquierda? Lo primero, cambiar la definición: “ser honesto y amar a la gente. Eso es ser de izquierda”. Así lo dijo. Honestidad y amor. Recuperar valores y principios para regenerar la vida del país.

Junto con ello, se dejan de lado ideas históricas de la izquierda, como las clases sociales en disputa por el poder, y se sustituyen por la de pueblo, concebido como una unidad capaz de expresar la voluntad común.
Así, el pueblo –esa unidad mítica- vela por su bienestar y felicidad a través de su expresión encarnada, el líder carismático, que es el único capaz de interpretarlo. Es el pastor que guía a la feligresía a una vida mejor.

En su participación político-legislativa, el PES siempre ha invocado la existencia de un “derecho natural”, que proviene de Dios, y la necesidad de ajustar las leyes a este derecho. En otras palabras, la legislación debe obedecer un orden moral único. Esto vale para sus  iniciativas de defensa del matrimonio tradicional, la de protección de la vida humana desde la fecundación, la que califica de pornografía la educación sexual, la que restringe facultades a la CNDH y la Conapred o la que promueve el otorgamiento de concesiones de radio y TV a las asociaciones religiosas. En todas ellas hay un llamado a valores que se considera inamovibles, a una purificación de la vida política y social, a conducirnos todos por verdades irrefutables. La moral es la que los mueve: el compromiso de establecer el reino de Dios en la tierra.

Ese concepto que fusiona política y religión, hay que subrayarlo, es distinto a la doctrina social cristiana del PAN tradicional, y se parece, si acaso, a su corriente yunquista minoritaria.

Tal vez Andrés Manuel esté en desacuerdo con algunas de las iniciativas de Encuentro Social, pero esas diferencias, si las hay, no serían “de fondo” (los derechos de la comunidad LGBTTI o el de las mujeres para decidir sobre su cuerpo nunca han sido temas prioritarios para él). En donde está de acuerdo es que el quehacer político debe basarse en la existencia de una verdad única, irrefutable y, al menos en el discurso, en valores morales inamovibles. Que esto se contraponga al derecho a opinar diferente o a que las minorías sean escuchadas, es también un hecho sin importancia.

En ese sentido hay, detrás de la nueva visión de AMLO, toda una redefinición del concepto de democracia y del estado de derecho. La democracia proviene del sentido de las decisiones del pueblo, más que de la aplicación de las instituciones colectivas creadas en la pluralidad. El estado de derecho depende de la justicia de las leyes, y quien determina si las leyes son justas es precisamente el líder, que interpreta la voluntad popular e impone los valores inmanentes.

Eso nos explica, de paso, el por qué Andrés Manuel considera que bastará su prédica con el ejemplo para que la corrupción desaparezca en todos los niveles, y por qué –a semejanza del líder del PES y a diferencia de la bancada de Morena– no está preocupado por la aprobación de la Ley de Seguridad Interior.

Para completar el cuadro, una característica de los tres partidos de la coalición “Juntos Haremos Historia” es que están formados más por feligreses que por militantes. Algunos en Morena, acostumbrados a cierta vida partidaria, han tragado con dificultad los sapos de la alianza con el PES, pero lo que prima es la aceptación acrítica de las decisiones del dirigente. Y, como van aprendiendo que lo importante es quedar bien con el líder, eso se traduce en una carrera absurda para ver quién hace la machincuepa retórica más extravagante para justificar lo que para alguien de izquierda sería injustificable. El partido cede su lugar a la Comunidad de la Fe, como sucedió hace tiempo con el PT y, desde su origen, con Encuentro Social.
Si algunos se alejan de la comunidad, no importa. El cálculo es sencillo: hay más evangélicos obedientes al nuevo pastor que izquierdistas capaces de renegar al salvador de la Patria.

Lo más lamentable es que, junto a la feligresía, hay un montón de sacerdotes y sacerdotisas dispuestos a sacar harta raja política, y también económica s y pueblo, entre señoritingos y plebe, entre fifís y recios, entre blancos y mestizos. Digo, para saber.


AMLO, el garrote después de la amnistía

Mal que bien, Andrés Manuel López Obrador sigue dictando la agenda. Lo hizo cuando encabezaba el gobierno capitalino; lo hizo –a ratos– en sus anteriores campañas electorales; lo está volviendo a hacer ahora.

Eso es lo bueno para Andrés Manuel. Lo malo es que lo hace a través de una serie de mensajes que o son contradictorios o son de verdad muy preocupantes. Un ejemplo de ello es su propuesta en materia de seguridad.

Primero fue la idea de que dialogaría con los criminales y ofrecería una amnistía a quienes quisieran regenerarse. Esa idea ha sido criticada, incluso por algunos simpatizantes de Morena (los pocos que no piensan que su líder siempre tiene la razón).

Más allá de las consideraciones morales, que no son pocas, hay tres de carácter estratégico que muestran lo endeble de la posición de AMLO. Una señala que la amnistía se le otorga, normalmente, a las fuerzas derrotadas en una guerra: es una manera de evitar la prolongación de su agonía, y el derramamiento de sangre de todas partes que ello conlleva. No se ofrece una amnistía a quien supone ir ganando, como es el caso de la delincuencia organizada en México. El que algunos capos hayan caído no les quita a los criminales la percepción de que pueden ser más fuertes que las autoridades.

La segunda consideración está íntimamente ligada a la primera. Uno de los problemas centrales de México es la impunidad. Y uno de los enojos populares más grandes con el estado de cosas es precisamente ese. Los criminales se saben impunes, independientemente de la amnistía, y la población ve con malos ojos que haya una prolongación de la impunidad.

La tercera, que puede verse muy claramente en otras naciones, es que, en las zonas que controla la fuerza amnistiada (en este caso, el crimen organizado), el poder político real pasa casi automáticamente a esa fuerza. A veces también pasa el formal, con un pequeño barniz.

El recién nombrado encargado de la seguridad en el gabinete propuesto por AMLO, Alfonso Durazo, ha querido matizar la propuesta de su jefe. Dice que la amnistía se piensa más bien para los campesinos encarcelados por cosechar mariguana o amapola. Quiero suponer que también para narcomenudistas menores. En este caso, surge una pregunta de carácter económico: ¿Qué incentivos tendrán esos campesinos y esos narcomenudistas para no repetir su comportamiento? ¿Se pondrán a cultivar maíz y a trabajar de repartidores de pizzas? De hecho, la liberalización controlada de la cannabis tendría un efecto inmediato, mucho mayor. Pero de eso no habla López Obrador.

Andrés Manuel mismo ya le bajó dos rayitas a la amnistía. Dice que no incluye secuestradores ni violadores. Problema: todo levantón es un secuestro. Que no se pida rescate y se acabe asesinando al secuestrado empeora las cosas, no las dulcifica.

Lo contradictorio (al menos en apariencia) es que el proyecto de seguridad del precandidato único de Morena pasa por una militarización tajante. Su propuesta de una Guardia Nacional, bajo el mando único del Presidente (él), en la que confluyan las Fuerzas Armadas y las policías, se traduciría en una enorme concentración del monopolio estatal de la fuerza en una sola persona.

Bajo esas condiciones, suponer que no va a haber un uso discrecional de esa fuerza es un acto de fe. Podemos creer que Andrés Manuel no actuará así, pero sería sólo nuestro credo: nada nos lo garantiza.

Hay una manera de eliminar las contradicciones. Es suponer que AMLO ofrece una amnistía que no interesa al crimen organizado (o sólo a una parte, que incluye a algunos políticos que estaban ligados al narco, y que son bendecidos por el perdón de López Obrador) y, ante la negativa, reproduce la estrategia de confrontación directa de los anteriores gobiernos; pero ahora, con la “legitimidad” que le da haber ofrecido la amnistía. Continuidad, pero disfrazada.

Para decirlo de otra manera, la propuesta de la Guardia Nacional y el mando único es el garrote malamente escondido detrás de la zanahoria de la amnistía.

Eso lleva el problema de la zanahoria al garrote.

No queda claro cómo se irían a integrar policías y militares. No sabemos si ese proceso requeriría de reformas operativas sencillas o de cambios constitucionales (porque es evidente que la Guardia Nacional que establece la actual Constitución es otra cosa). Lo que sí sabemos es que se pretende una organización vertical, en cuya punta esté el Presidente de la República.

La creación de un cuerpo único para el orden público normalmente trae consigo una suerte de depuración. Esta puede ser de carácter operativo o político. En cualquier caso, si se colocan militares en una cadena jerárquica cuya parte alta –no sólo la formal– sea civil, la corporación ya no obedece a los rigores reglamentarios propios de la concatenación jerárquica, sino a las necesidades, que pueden ser cambiantes, de la jefatura civil. El resultado es un mayor control político, desde arriba, de las estructuras del Estado, a costas de una menor certidumbre respecto al comportamiento de la fuerza del orden.

Es un método que ha sido utilizado en otras partes. En ninguna de ellas por gobiernos democráticos. En todas ellas, hay que decirlo, con buenos resultados en términos de conseguir cierto grado de control sobre la violencia. Eso no significa necesariamente que la violencia disminuya: sólo que está controlada por el Estado, que la hace jugar a su favor. Es una fórmula para gobiernos autoritarios, y ha sido favorita para los de derecha.

Bueno, hay quien todavía cree que Andrés Manuel es progresista.

Si AMLO ha delineado, mal que bien, una estrategia, sólo ha recibido críticas genéricas de parte de sus contendientes. Y todavía no vemos qué dicen, más allá de sus frases de cajón, Meade y Anaya. El primero habla de combate al crimen organizado con las armas actuales y defiende la Ley de Seguridad Interior; suma la frase de que se actuará más y mejor contra el lavado de dinero y ahí se queda. El segundo nos promete una estrategia “inteligente”, pero no nos dice de qué se trata.

Le regalan la agenda. Así sea para proponer cosas que no presagian nada bueno.

viernes, enero 05, 2018

¿Cuántos ángeles pueden bailar en la punta de un alfiler?

Hace años se me preguntó cuántos ángeles podían bailar en la punta de un alfiler.
Se dice que la eternidad comenzará cuando una montaña se erosione completamente, luego de un ala de ángel pase por ella cada 600 años.
Esto significa que las alas de ángel tienen poder de erosión (si bien muy limitado). Por lo tanto, es justo decir que si pones muchos de ellos en la punta de un alfiler, habrá alguna erosión, sin importar cuál sea su tamaño, especialmente si están bailando.
Algunos ángeles son representado tocando trompetas, por lo que considero que, cuando menos, tienen cierta sensibilidad musical. Claro, pueden ser más bien músicos que escuchas o bailarines. Pero se supone que tienen gracia. Los seres con gracia bailan.
Lo que más me sorprende es la posibilidad de escoger la punta de un alfiler como salón de baile. He pensado en ello mientras pongo puntas de alfiler bajo el fuego de mi encendedor y me pregunto si he achicharrado a algunos ángeles. 

Otra pregunta era sobre el sexo de los ángeles.
Las ansias lujuriosas de poder provocaron la primera rebelión angélica (con Luzbel como líder). Tal vez por ello Dios pensó que era conveniente cortar de tajo con la lujuria angelical.
Una cosa es cierta. Los querubines no tienen genitales (a menos de que estén escondidos detrás de sus cabezas).


La pregunta original (y la respuesta) era en inglés. Ahí les va la versión:
Years ago, I was asked just how many smegging angels can dance on the head of a pin?
It is said that eternity will begin when a mountain completely erodes after have one angel wing beat it every 600 years.
This means angel wings do have eroding power (albeit very limited). So it is fair to say that if you put many of them in the head of a pin, some erosion is to be made, regardless of their actual size, especially if they're dancing.
Some angels are known for playing trumpets, so I think they, at the very least, have some sort of musical sensibility. Of course, they may rather be players and listeners than dancers. But they're supposed to have grace. Gracious beings do dance.
What strikes me the most is the possibility of choosing the head of a pin as a ballroom. I've wondered about it while putting pinheads under the fire of a lighter. I've wondered if there have been charred angels in the punctures I've made.

Another question was about the sex of the angels. I can handle that.
Lust for power prompted the initial angelic rebellion (Lucifer, their leader).
Well, perhaps God thought it would be better to stop angelical lust altogether.

One thing seems certain: cherubs have no genitalia (unless it's hidden in the back of their heads).






miércoles, enero 03, 2018

Los diez deportistas mexicanos de 2017

1. Guadalupe González
2. Rommel Pacheco
3. Carlos Navarro
4. María del Rosario Espinoza
5. Saúl Canelo Álvarez
6. Adriana Jiménez
7. Jhony Corzo
8. Arantxa Chávez
9. Alejandra Valencia
10. Viviana Del Ángel

lunes, diciembre 11, 2017

Julia Carabias y el ecologismo pensante

A veces es sano dejar de hablar de la coyuntura política, y centrarse en una buena noticia. El Senado de la República decidió otorgar la medalla Belisario Domínguez a la bióloga Julia Carabias Lillo, investigadora mexicana comprometida con la ciencia, el desarrollo sustentable y el mejoramiento de las condiciones de vida de los mexicanos. Al hacerlo, honra al premio mismo.

Bióloga por la UNAM, Carabias fue miembro del Consejo Universitario, cofundadora y miembro del Comité Nacional del Movimiento de Acción Popular (MAP), presidente del Instituto Nacional de Ecología, titular de la SEMARNAP y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Recibió, entre otros, el Premio Getty en 2001, el Premio Cosmos en 2004, el de Campeones de la Tierra (ONU) en 2005, y el Premio Alexander Von Humboldt en 2011. Es vicepresidenta del Centro Interdisciplinario de Biodiversidad y Ambiente, profesora de la Facultad de Ciencias de la UNAM y participa en el órgano científico técnico del Convenio de Diversidad Biológica de la ONU.

Más allá del currículum, Julia siempre se ha destacado por un compromiso esencial: luchar para que la gente pueda elegir una mejor forma de vida, por un México y un mundo justos e incluyentes, en los que no haya tanta desigualdad y pobreza. En ese sentido, su vida entera ha sido de congruencia.

Actualmente se le conoce por sus esfuerzos por salvaguardar los ecosistemas de la selva lacandona, en especial la Reserva Integral de la Biósfera Montes Azules, adonde vive buena parte del tiempo –siempre le han atraído las selvas-, pero su trayectoria habla de mucho más. Su paso por la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca se distinguió por haber creado un parteaguas en la manera cómo se abordan los problemas relacionados con el ambiente. La clave de ello es su capacidad para tomar decisiones informadas, hechas con base en la ciencia y no en una ocurrencia política. Por ejemplo, fue ella quien subrayó las inconsistencias del primer “Hoy No Circula”, para acercarlo a su diseño actual, y atacó también otros factores contaminantes de las ciudades mexicanas.

Siempre ha sido una mujer interesada y activa en la política, porque entiende su importancia para transformar las cosas, y porque la concibe de manera ética. En ese sentido, nunca fue una funcionaria cómoda: nada más alejado de su concepción que las campañas huecas en el tema ambiental, de la mercadotecnia verde disfrazada que hoy nos inunda, y que ayuda a banalizar un tema toral para el futuro del país.

Carabias entiende que todo intento por generar un desarrollo sustentable topa con intereses político-económicos, a veces muy fuertes –de hecho, por eso fue secuestrada en 2014 por un grupo que defendía el cambio de uso de suelo que destruye la Lacandona– y que, a menudo, esos intereses lucran con la pobreza y la ignorancia de la gente. Así fue, claramente, en el caso de quienes quieren deforestar para introducir actividades agrícolas que no durarán, por la rápida erosión. Y lo es también entre quienes pretenden sobreexplotar las pesquerías o los acuíferos, o quienes permiten que la minería deshaga ecosistemas que darían sustento a mucha mayor población.

En otras palabras, Julia Carabias es una luchadora social sin demagogia. Una persona de carácter fuerte que no acomoda su pensamiento a las causas políticas. Es, por ello, alguien difícil de convencer para quien no tiene argumentos basados en los hechos. Y es alguien que tiene muy claro que la lógica de maximización de las ganancias, que domina en nuestras sociedades, no sirve para mejorar nuestra vida, y complica la de las próximas generaciones.

Carabias ha señalado que “México cuenta con el capital natural y social suficiente para lograr una buena calidad de vida para su población, pero si se mantienen las actuales tendencias que degradan la naturaleza, las posibilidades de atender el bienestar social van a disminuir”. Y es que nadie quiere asumir los costos políticos, reales o supuestos, de llevar a cabo acciones de mediano y largo plazo.

La gestión de los recursos hídricos, del suelo, de la biodiversidad no son temas meramente técnicos: están imbricados con problemas sociales, económicos y culturales, que los convierten en temas políticos. El problema, que Carabias ha subrayado una y otra vez a lo largo de su carrera, es que la política cortoplacista y la corrupción evitan una gestión racional y razonable. Es una política que empobrece los recursos naturales y las oportunidades de las próximas generaciones.

Ahora que inician las campañas políticas, temas como la inseguridad, la corrupción y la economía seguramente dominarán el panorama, pero bien harían partidos y candidatos en poner más atención al tema de la sustentabilidad del desarrollo, y dejar atrás los típicos fetiches del crecimiento. Es deseable un debate serio y a fondo sobre estos temas.

Desgraciadamente, es difícil que lo haya. No hay voluntad para entrarle a un tema que obliga a pensar en la distribución geográfica de la población, en el control efectivo de los recursos, en la relación transversal entre instituciones públicas. Es más fácil llenarse la boca de compromisos genéricos y suponer que la ecología es algo así como la defensa de las plantas y los animales, al cabo que hay una ignorancia generalizada sobre el tema.


Ojalá que el reconocimiento a Julia Carabias se traduzca, en correspondencia, en el reconocimiento de que el asunto del crecimiento sustentable es de vital importancia para el futuro del país. Que es un camino para superar la pobreza y la desigualdad. Y que, por lo tanto, es el cuarto gran tema de la agenda nacional.