viernes, enero 04, 2008

Biopics: Perugia era una fiesta IV

Janette en Italia

A Janette le fascinó que los autos fueran tan pequeños (todavía era la época del clásico Cinquecento, mientras que en EU dominaban las naves enormes) y le fascinaron también los álamos que poblaban el camino de Roma a Perugia. Allí se instaló en el departamento de una amiga catalana, artista plástica, Rosa María Espi, que conocí a través de Carlos Mársico. Se inscribió en el curso básico y rápidamente se hizo cuatita tanto de Lynn Minervini, la mujer de Mársico, como de Helga van Dongen.
Janette hubiera querido llegar y acomodarse en un departamento rentado por mí. El mercado inmobiliario no daba para eso. Sin embargo, fueron más los días que estuve con ella en el departamento de Rosa que los que compartí cuarto con Mapes, adonde las circunstancias me habían mandado.
Sucede que el día de mi cumpleaños armamos una fiesta en el cuarto de Mapes y Carreto, con un aparato de sonido que había comprado Jorge días antes. Fue un buen reventón, en el que Ben Watson acabó tirado en el callejón, totalmente briago, poniendo cara de beato y haciendo la V de “paz y amor” a todo aquel que se asomara a ver la curiosidad. La casera decidió que Carreto, portador de la música, era el culpable y lo corrió, así que hice cambalache con él, y pasó a vivir con Ben.
En el departamento de Rosa –que también estaba en Corso Garibaldi, sólo que más arriba, literalmente- pasa
mos buenas noches. Una en la que ella me enseño a bailar la música de Aretha Franklin; otra en la que llegaron cuates australianos e ingleses y se emocionaron al estar, por primera vez en mucho tiempo, en un real flat.
Fue allí donde Ben Watson escuchó por primera vez un disco de Zappa. Él recuerda, incorrectamente, Apostrophe(‘), pero era We’re Only in it for the Money, cuyo acetato me había traído desde México y que me sabía prácticamente de memoria. Ben se volvió, con los años, conocido personaje punk e importante zappólogo. Ahora resulta que cuando escuchó con nosotros Apostrophe(‘) y The Grand Wazoo (que ni siquiera teníamos) reconoció el parecido de esa música con Finnegan’s Wake (que efectivamente estaba leyendo por esos días). En fin, no he dicho nada, cada quien con su memoria.


El Corso Medio

Para entonces yo me había cambiado al curso medio de italiano. Entre el pleito con el profesor Di Giglio y la evidencia de que el curso elemental para entonces era demasiado sencillo, tomé una decisión que resultó provechosa.
El curso medio tenía una estructura diferente. Materias distintas con profesores distintos. Gramática general, literatura, cultura italiana (que también era esencialmente literatura), conversación y una clase importantísima: gramática especializada para hispanohablantes (en donde también había un rumano, pobrecito), que era la que te daba la diferencia entre darte a entender en italiano –que es relativamente fácil- y hablarlo correctamente –que tiene sus complicaciones.
En literatura leí
amos y traducíamos a Dante, Quasimodo, Buzzati; en cultura italiana había un profesor interesante, que quise suponer protofascista por su admiración a los futuristas (con el tiempo entendí que el fascismo era notablemente más vulgar); gramática general era una güeva y conversación era divertidísima.
Otra diferencia notable era que los gringos, árabes y africanos habían desaparecido por completo. Los compañeros eran mayoritariamente europeos: sobre todo alemanes y suizos, pero no pocos de Europa del Este. Por eso luego te encontrabas un combagno balestinese (oséase un camarada palestino), hablabas con él un rato y por su italiano concluías que estaba en el curso medio, pero te respondía: “No, quarto anno medicina”.
El curso medio también tuvo ciertas implicaciones políticas para mí. En la clase de gramática había dos chinos, vestidos a la usanza de la revolución cultural. No asistían a ninguna otra clase, y les pregunté por qué. Me respondieron que su gobierno no se los permitía, porque podrían sufrir alguna contaminación ideológica. De hecho iban del salón a su casa y de regreso. Me dije: si el lavado de cerebro les impide gozar de esta experiencia, entonces el brazo represor no es capaz sólo de llegar hasta Italia, sino hasta la médula misma de la gente. La simpatía terce
rmundista con la revolución china era insuficiente para justificar eso.
Los europeos del este, por su parte, eran todos anticomunistas, pero por razones que me parecieron equívocas. Hablaban positivamente de la igualdad social, de los servicios de educación y de salud, y sus quejas se dirigían a la falta de libertad religiosa: “en Polonia los libros religiosos son carísimos”.
Una vez en conversación la maestra nos pidió que describiéramos el postre que más nos gustara. Le pregunta a un japonés y responde:
-No me gustan los postres.
-¿Por qué? –pregunta la maestra.
-Porque la vida es amarga.
-Precisamente porque la vida es amarga hay que comer dulces.
Entonces se lev
anta otro japonés y explica:
-Es que el compañero es muy tradicionalista. En Japón los tradicionalistas consideran que comer postres es cosas de mujeres y de niños.
-Ah, bueno –dice la maestra- entonces ¿qué postre le gusta a usted?
-¡Ninguno! –responde indignado el japonés “moderno”, entre risas generalizadas.


Un viaje a Elba (digo, a Siena)


Durante esas semanas viajamos a Roma, a una fiesta en casa del Doctor Flores. Invitamos a Ben, la fiesta estuvo tan buena que llegaron los carabinieri a pedirnos que le bajáramos.

Otro viaje tenía como destino final la isla de Elba. Lo hicimos Mapes, una inglesa llamada Margie Gilks (que era lo suficientemente ingenua como para ir en bikini a tomar el sol en un camino de campaña y suponer que nadie la iba a importunar), Janette y yo. La intención era llegar de aventón (los mexicanos teníamos amplia práctica en Chilangolandia, otras épocas).
Resultó dificilísimo. Los autos que se paraban querían llevarlas nada más a ellas (¡ja!) y el que más nos acercó –supuestamente, porque no teníamos una idea clara de la intrincada red carretera de la Toscana- nos depositó en un lugar gacho, modernoso, de nombre Chianciano Terme. Lo siguiente que conseguimos fue un raite a Siena. Allí paseamos por su impresionante centro histórico, nos subimos a la torre y nos dijimos que, cuando fuera la fecha, iríamos al famoso Palio. Nos disponíamos a pedir aventón para Elba cuando nos dimos cuenta que andamos escasos en liras. Los bancos acababan de cerrar y no había manera de cambiar dólares (o libras, en el caso de Margie). Era viernes, así que nos jodimos y tuvimos que regresar en tren, frustradazos, a Perugia.
Ese día acuñé una
frase: en el mundo del auto-stop dos hombres y dos mujeres son un elefante y nadie le da aventón a un elefante.








Con Janette, en Perugia


1 comentario:

Rayo dijo...

para los que quieran concoer mejor a ben watson: http://www.militantesthetix.co.uk/

el nombre del sitio lo dice todo!