lunes, diciembre 28, 2009

Woldenberg: Desencanto y miedo al olvido


¿Qué sucede cuando muere una persona que aparentemente, pero sólo en apariencia, no deja obra perdurable? ¿Cómo rescatarlo del olvido que es tan parecido a otra muerte? ¿Cómo poder abrir los ojos a los demás y pedirles que miren realmente qué tipo de hombres pueden irse sin ser realmente vistos en todo su valor? Son preguntas y necesidades que se vuelven acuciantes cuando uno llega a cierta edad, todavía alejado de la vejez, y ve cómo algunos amigos van muriendo (“como se desgrana la mazorca”, se le ocurriría decir a Manuel, el personaje de El Desencanto, de José Woldenberg).

Muy probablemente es por eso que Pepe dedica el libro a cuatro compañeros muertos, en circunstancias muy distintas, que tenían en común su antigua militancia en el Movimiento de Acción Popular (MAP).

Pero esa no es la única, ni la principal, razón de ser del libro. En él, Woldenberg traza un recorrido personal y colectivo por la militancia (sindical, partidista, de Estado) y también por el mundo de las ideas, en el que ve cómo el inicial desasosiego respecto a la realidad del “socialismo real” (lo que el régimen soviético vendió por socialismo) se va convirtiendo en desilusiones, en un desencuentro profundo y en un desencanto que raya lo existencial respecto no sólo al comportamiento de la autonombrada izquierda mexicana sino, incluso, a la naturaleza humana.

Un trayecto a la vez personal y colectivo puede muy bien resumirse en una persona que es, al mismo tiempo, un individuo y una representación del propio grupo. La proverbial discreción de José Woldenberg quiere que el personaje central de El Desencanto sea un compañero al que llama “Manuel” para cambiarle el nombre. Sin embargo, el personaje escogido por Woldenberg es –nos queda claro para quienes lo conocimos- en primer lugar Manuel Martínez Peláez, biólogo, de Tlanepantla, rockero, organizador incansable, profesor del CCH y de Ciencias, fumador empedernido, hombre muchas veces de un entusiasmo que nos contagiaba a todos y otras tantas amargo como los caféseses expréseses que tanto le gustaban. Pero muchas veces es el propio Pepe, armado de la cabeza a los pies de una lógica implacable. Y otras tantas puede uno atisbar en el personaje características de otros compañeros de lucha y de vida –algunos vivos, otros desgraciadamente fallecidos-.

El narrador por su parte, es casi siempre el mismo Woldenberg, aunque a veces, cuando Pepe se ha apoderado del personaje Manuel y discute con el narrador, éste tiene puntos de vista diferentes –lógico, porque si no, no habría dialéctica-.

Esta verdadera “Historia de Manuel” es la del “mínimo común denominador de lo que una comunidad recuerda”. Por eso es tan apresurada que cabe en 500 páginas, incluyendo las reflexiones sobre los disidentes del “socialismo real”. Esa apretada comunidad está conformada esencialmente por quienes fuimos miembros del MAP, pero de seguro tiene reflejos en el tiempo –personas de generaciones anteriores y posteriores- y en el espacio –experiencias en otros países-.

Pepe habla de presentar "un testimonio vital que quizà arroje luz sobre una generaciòn", y más tarde cita a Paul Auster, con el sueño de "crear una empresa que publicara libros sobre los olvidados, rescatar historias, hechos y documentos antes de que desaparecieran". Creo que Woldenberg parte de su consciencia acerca la importancia de la empresa política que emprendimos, tal vez porque era nuestra, tal vez porque pudo haber hecho mucho más de lo que hizo. Es una tarea documentada, pero que -siento, junto con Woldenberg- debería serlo todavía más.

Es el rescate de un grupo de mexicanos que, en su gran mayoría, no sabían engañar ni querían engañarse. Que comieron mierda, pero no podían digerir demasiada. Políticos cuya integridad –más que cualquiera de los errores tácticos o estratégicos que cometieron, y no fueron pocos- los privó del acceso al poder. Por eso, el desencanto de Woldenberg no puede sino ser mayúsculo, ahora que la canalla domina la vida política del país.

Las partes mejor escritas del libro son las dedicadas a los disidentes de las diversas formas que ha tenido el stalinismo. Y, aunque en mi caso personal nunca haya tenido una fase "soviética" propiamente dicha (me gustaban más el modelo yugoslavo y, sobre todo, el ejemplo del Partido Comunista Italiano) y me sorprenda lo aparentemente tardío de algunos descubrimientos sobre las fallas del "socialismo real", también indican un movimiento gradual que yo tuve: pasar de la discrepancia sobre ciertas cosas (que casi podría resumirse en "contradicciones en el seno del pueblo"), al desacuerdo general con el sistema, a su rechazo, al reconocimiento de que se trata de una invención perversa. Pero las partes más entrañables son las que revelan a una persona con su historia, sus gustos, su modo de ser, pasar por esa suerte de purgatorio político-existencial. Y hacerlo dolorosa, airosamente: sin transigir con los cantos de sirena y sin dejar jamás su compromiso con un mundo más justo, más equitativo, más democrático, más humano.

Quienes no tenemos una visión religiosa de la vida –independientemente de nuestro mayor o menor grado de ateísmo- y muchos de los que si la tienen, sufrimos de una cierta angustia existencial. “He visto cosas que ustedes nunca creerían… todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en lluvia”, dice Roy Baty en Blade Runner, segundos antes de morir. José Woldenberg la describe con clara sequedad. Se refiere a una cierta angustia a que las vidas “desaparezcan sin dejar rastro… a pesar de la certeza de que tarde o temprano todo (o casi todo) será humo”.

Me encanta eso de “o casi todo”. Ese rayo de esperanza en la tiniebla dictada por la razón. Que algo de las vidas (de mi vida) no sea humo después de lo gozado, lo sufrido, lo aprendido, lo deseado, lo alcanzado, lo perdido. Después de lo vivido. Es una suerte de inagotable deseo de trascendencia terrenal.

Por cierto, lo que yo quiero hacer con el recuento cada vez más pormenorizado de mi vida (los biopics del blog) se acerca mucho a esa obsesión woldenberguiana. Él mismo se reía de las muchas cuartillas que gastó (guardándolas en disquetes, pero también en copia dura, por eso de la desconfianza generacional hacia las computadoras) en confeccionar una historia, detallada en extremo, del sindicalismo universitario. Estoy seguro de que lo recorría la sensación de que “esta experiencia no se debe perder; si se escribe, habrá al menos alguien en el futuro que la rescate”. Estoy seguro porque yo también la he sentido muchas veces. Porque hay tanto que contar.

Dice el propio Woldenberg que “la auténtica memoria siempre es individual”. Aunque la quiera anegar en la memoria colectiva, lo que Pepe intenta es que su experiencia personal no se pierda. Intenta perdurar. Es lo que, de mil maneras, hacemos todos.

martes, diciembre 22, 2009

Glorias olímpicas invernales: Sonja Henie


Uno de los deportes invernales con más espectadores es el patinaje artístico. Esta disciplina no se podría entender sin Sonja Henie, la primera campeona olímpica y también la persona que transformó este deporte.
Sonja nació en 1912 en Oslo, de una familia acomodada y deportista, y practicó varias disciplinas (tenis, esquí, equitación, natación) hasta que se decidió por el patinaje de figura, que entonces consistía esencialmente es realizar con precisión, repetidas veces, determinados contornos en el hielo. Para ella, patinar era una expresión más compleja: fue pionera de la coreografía, de las faldas cortas al competir y del glamour fuera de la pista.
La superioridad de Heine la ubica como una deportista fuera de época. Campeona nacional a los nueve años, a los 11 compite en la versión beta de los juegos olímpicos invernales, quedando en octavo lugar. A los 15 obtiene su primer oro, en St. Moritz 1928. Repite la hazaña en Lake Placid 1932 y en Garmisch-Partenkirchen 1936. En el ínterin, gana diez campeonatos mundiales.
De ahí pasó al profesionalismo y a Hollywood. Sus espectáculos fueron el inicio de los rutilantes shows sobre hielo, impregnados de un extravagante gusto kitsch, que sobreviven hasta nuestros días. Su carrera cinematográfica, mucho ruido y pocas nueces. Pero la combinación de cine, espectáculo y deporte la convirtió en la primera atleta en ganar millones a través de contratos de publicidad. Dejó el cine en los años 40 y los shows sobre hielo en 1956, cuando se vio que no podía controlar su manera de beber.
Adorada en el resto del mundo, Henie ha sido vista con sospecha por muchos de sus compatriotas. Admirada por Hitler, la patinadora noruega lo saludó con el brazo en alto en Berlín, antes de los juegos invernales de 1936; después de los juegos aceptó una invitación del Führer para desayunar en Berchtesgarden, en el que Hitler le regaló una foto dedicada y autografiada.
Cuando los nazis ocuparon Noruega, la familia Henie puso la fotografía en un lugar prominente de la casa, para no ser molestada. Sonja, quien ya para entonces se había nacionalizado estadounidense, contribuyó –como buena estrella de Hollywood- a las actividades de propaganda aliada, pero jamás apoyó al movimiento noruego de resistencia o hizo una declaración personal en contra de los nazis.
Con esa sombra de sospecha siempre encima de ella, la primera gran gloria olímpica invernal murió en 1970, en pleno vuelo entre París y Oslo. Estaba enferma de leucemia.

lunes, diciembre 14, 2009

20 películas alemanas



Breve regreso a las listas.
Estas son las 20 películas alemanas que más me han gustado:

1. Jeder für sich und Gott gegen alle (1974), El Enigma de Kaspar Hauser
2. Lola rennt (1998), Corre Lola Corre
3. Metropolis (1927)
4. Das Leben der Anderen (2006), La Vida de los Otros
5. Die unendliche Geschichte (1984), La Historia sin fin
6. Manner… (1985), Hombres
7. Der Tod der Maria Malibran (1972), La Muerte de María Malibrán
8. Die Macht der Bilder: Leni Riefenstahl (1993), La Maravillosa Horrible Vida de Leni Riefenstahl
9. Der Untergang (2004), La Caída
10. Aguirre, der Zorn Gottes (1972), Aguirre, la Ira de Dios
11. Die Blechtrommel (1979), El Tambor de Hojalata
12. Das Experiment (2001), El Experimento
13. Der blaue Engel (1930), El Ángel Azul
14. Das Kabinett des Dr. Caligari (1920), El Gabinete del Doctor Caligari
15. Die Geschichte von weinenden Kamel (2003), La Historia del Camello que Llora
16. Gelegeheitsarbeit einer Sklavin (1973), Trabajos Ocasionales de una Esclava
17. Unter dem Pflaster ist der Strand (1975), Debajo del Empedrado está la Playa
18. Good Bye Lenin! (2003)
19. Der Golem wie er in die Welt kam (1920), El Golem
20. Die Ehe der Maria Braun (1979), El Matrimonio de María Braun


Por supuesto, me falta ver algunas películas clásicas alemanas (M, Nosferatu) y seguramente hay otras de esa importante cinematografía que no han sido lo suficientemente divulgadas. Pero un cánon es un cánon.


Otras listas de cine:
Cien películas italianas
Cien películas iberoamericanas

viernes, diciembre 11, 2009

Biopics: Adioses y designios

La introducción de la tesis estaba hecha y revisada. La beca todavía no llegaba. Extrañaba a De Candia, que no retornaba de Elba, y de paso a Guido que, para desesperación de Antonia, prolongó su estancia en Nápoles. Pero entendí que ya era hora de hacer maletas y regresar.

Como no cabía todo, hice una gran caja de libros para enviar a México por vía marítima, y puse como remitente a Claudio Francia, con la dirección de su casa. Esa pobre caja terminaría por cruzar el Atlántico cuatro veces.

También intenté enviar a Janette una maleta con ropa que había dejado. Resultó imposible por razones sanitarias –era exportar ropa usada. Regalé un par de prendas y Patrizia de Candia se quedó con la maleta, asegurándome –por no dejar- que la llevaría consigo y la expediría cuando fuera, en unos meses, a Chicago.

A los dos días de la fecha programada para mi viaje, volvió Guido, y Antonia le hizo una fiesta de bienvenida. Llevamos mescal y aquello se convirtió en una gran borrachera. Una parte del mescal cayó sobre la cama que amorosamente había hecho Antonia, con todo y sábanas de lino. Estaba yo muy contento con Guido, y era ya muy noche, cuando ella, molesta con razón, me corrió.

El día siguiente, Mapes y Carreto partieron rumbo a París. Buscarían a Echeverría, recién nombrado embajador de México ante la Unesco, para que abogara por la pronta entrega de las becas. Como el gato Berlinguer se quedaría solo tras mi partida, le preparé una gran cantidad de comida y agua –como para cuatro o cinco días-, pero mis amigos estuvieron fuera más de una semana y, escribió Carreto, al regresar el gato estaba flaquísimo, y los vecinos, encabronados por lo mucho que había maullado de hambre.

Mi última noche en Módena, los cuates –encabezados esa ocasión por Paolo y Anna- me hicieron una suerte de reunión de despedida, muy cálida. La Dandi me regaló un tríptico-collage y la versión italiana de Del Amor, de Stendhal, como amable contraparte de unos poemas, un tanto sádicos, que le había yo dado, y en los que la calificaba de “pequeña heroína stendhaliana”.Cerca de la medianoche llegó Patrizia de Candia y los demás compañeros discretamente se fueron.

Patrizia y yo nos quedamos abrazados un buen rato. Ella suponía que yo salía de Módena a las 7 de la mañana, pero no: a esa hora salía el avión de Milán, yo tomaba el tren de las 2 y 20 de la madrugada. Le regalé dos discos. Uno, que yo tenía muchísimo en el corazón y que expresaba mucho de lo que sentía hacia ella, era un disco doble con las mejores canciones de Incredible String Band. El otro le gustaba sobremanera a ella, y se enterneció cuando lo recibió: otro disco doble, éste de James Taylor.

Me llevó a la estación. En el andén le dije que nos volveríamos a ver, que iríamos juntos al Festival Mundial de la Juventud. Movió la cabeza con un gesto de melancolía. Me dijo que no era cierto. Que no nos veríamos más.

El tren partió y, cuando había pasado hora y media de viaje, se detuvo intempestivamente en Piacenza. Una huelga salvaje de los ferrocarrileros autónomos, quién sabe qué tan larga. Luego de desesperar una hora, pensé en bajar y llamar a De Candia para que viniera por mí y me llevara a Milán. Me dije que era pedirle demasiado. Más tarde hice cuentas y deduje que, aun si ella hubiera accedido, yo no habría llegado a tiempo. Concluí que si el tren no salía y yo perdía vuelo y conexión, era un designio del destino.

Tras dos horas de parada, el tren retomó su camino. Llegué apenas quince minutos antes de la salida, pero pude checar y abordar. Había terminado mi estancia estudiantil en Italia.

miércoles, diciembre 09, 2009

Leyendas olímpicas invernales: Steven Bradbury

Para Steven Bradbury ya era una victoria estar en los Juegos Olímpicos de Salt Lake City, en 2002. Era la cuarta vez que asistía y, a sus 29 años, seguramente sería la última.

Steven era el más veloz de los patinadores australianos de pista rápida, y tenía una larga historia atlética, con pocos triunfos –lo que era de esperarse porque la cálida Australia nunca se ha distinguido por atletas invernales-. En 1991 había sido parte del relevo nacional que, sorpresivamente, ganó el campeonato mundial, en Sydney. En los Juegos Olímpicos de 1992, vio desde la banca como su escuadra era eliminada en la ronda semifinal. En Lillehammer 1994 ya encabezaba al equipo y subió al podio, con una medalla de bronce en los 5 mil metros de relevos. Era su mejor momento. En la competencia individual quedó en octavo lugar en los 500 metros y fue 24º en los 1000 metros.
Luego la suerte se le volteó y vinieron las lesiones. En un choque de 1995, un patinador le pasó por encima del muslo izquierdo: la cuchilla lo atravesó y perdió cuatro litros de sangre. Bradbury tuvo que recibir 111 puntadas y tardó año y medio en recuperarse. Suficiente tiempo para volver a entrenar y asistir a los juegos de 1998, donde esta vez el relevo de Australia quedó en octavo y último lugar y, en sus competencias individuales, Steven quedó en los lugares 19 y 21.

Nuevo accidente en el año 2000. Al tratar de esquivar a un patinador caído, Bradbury se tropezó y fue a dar de cabeza contra la barrera. Se fracturó dos vértebras. En la intervención, le colocaron clavos en el cráneo; tornillos y placas en pecho y espalda. Tuvo que usar un inmovilizador cervical por mes y medio. Los doctores le dijeron que no debería volver a patinar. El australiano no les hizo caso y volvió al hielo, con dedicación. Tendría otros juegos olímpicos, compitiendo en el evento individual de 1000 metros, y se daría por bien servido.

En 2002, Bradbury ganó su heat en la primera ronda, pero su suerte parecía echada en la segunda, de cuartos de final, cuando se enfrentó, entre otros, a Apollo Ohno, el favorito local y al campeón mundial Marc Gagnon, de Canadá. Terminó en tercer lugar, pero Gagnon fue descalificado, así que el australiano llegó a semifinales.

Para la siguiente carrera, los rivales eran todavía más complicados: entre ellos estaban el campeón olímpico Kim Don-Seung, de Corea, el multimedallista olímpico Li JuaJun, de China y el canadiense Mathew Turcotte. Bradbury iba muy atrasado cuando estos tres patinadores chocaron entre sí y permitieron al australiano colarse al segundo lugar y pasar a la gran final.

En la final lo esperaban Ohno, el coreano Ahn Hyung-So (triple medallista de oro en Turín 2006), Li y Turcotte. La carrera entre los cuatro fue tremenda, mientras Bradbury se rezagaba cada vez más. En la vuelta final, los norteamericanos y los asiáticos disputaban centímetro a centímetro una medalla que iba a ser definida por milésimas; el australiano iba a 15 metros de distancia. Al llegar a la última curva, los cuatro terminaron derrapando y un efecto dominó hizo que todos fueran a chocar contra la barrera, Bradbury los esquivó y se llevó, para sorpresa de él mismo y del mundo entero, la primera medalla olímpica de oro para Australia en unos juegos olímpicos invernales. Pasó a la leyenda.

Bradbury resultó también filósofo. Tras ganar el oro declaró: “Obviamente no fui el patinador más rápido. No tomaré la medalla por el minuto y medio de la carrera que gané. La tomaré por la década de friegas que me paré”.
Aquella no fue una medalla fortuita, sino el justo premio a uno de tantos deportistas que, no importa la adversidad, jamás tiran la toalla.

lunes, diciembre 07, 2009

Cendrars y los perjúmenes

Acabo de terminar la lectura de Decir casi lo mismo, un amplio e interesante ensayo de Umberto Eco sobre la traducción.
Dice Eco que toda traducción es, necesariamente, un acto de negociación, en donde quien traduce debe elegir el término que, en su lengua, mejor transmite el contenido. La pregunta que surge muchas veces es cuál es el contenido de una obra determinada: pueden ser las palabras mismas, el ritmo, el sonido. El traductor también tiene que negociar, en ocasiones, entre si llevar al lector a otro tiempo y otra lógica, o hacerle más digerible el contenido. Una gran cantidad de problemas de no siempre sencilla resolución.
El libro tiene abundantes ejemplos, y resulta muy disfrutable para cualquier lector políglota, aunque no sea tan erudito como Eco y varios de sus traductores.
Comentaré uno de los textos-problema y pondré sobre la mesa otro cuya problemática, en mi opinión, Eco sólo tocó tangencialmente (a pesar de lo mucho que dedica su libro a los puns joycianos).

El que cita Eco aparece en la Prosa del Transiberiano, de Cendrars, "donde el poeta, en un momento dado, mientras el tren avanza con sus ritmos y sobresaltos por llanuras ilimitadas, se dirige a su compañera, Jeanne de France, dulcísima prostituta enferma:"


Jeanne Jeannette Ninette Nini ninon nichon
Mimi mamour ma poupoule mon Pérou
Dado dondon

Carotte ma crotte
Chouchou p'tit coeur

Cocotte

Chérie p'tite chèvre
Mon p'tit péché mignon

Concon

Coucou
Elle dort.

A partir de ahi Eco lamenta que la traducción italiana, "para mantener el tono de dulzura, emplee hipocorísticos de tonos claros que no trasmiten el traqueteo oscuro de los vagones", pero concluye que el traductor tuvo que elegir y prefirió la ternura amorosa al traqueteo.

El libro incluye una traducción al español (de García Ortega) que, opino yo, tiene un problema similar al del italiano:

Jeanne Jeannette Ninete La De Los Dos Limones niní ninón
Cariño miamor minovia mipotosí
Dodó dondón
Chupa mi bombón
Corazoncito Queridos mamá y papá gallinita
Cabrita adorada
Mi pecadito
Cuclillo
Coñito
Ya duerme.


Me permití hacer una traducción de la canción, intentando sostener ritmo -pensando en el trenecito del Chocolate Express-, pero también sentido. El lector dirá:

Juana juanita nineta niní tetita ninón
Mimí miamor mi pupú mi Perú
Dado Dondón
Carita bonita
Chiquita cosita
Coqueta
Querida
Chulita cabrita
Pequeño pecado
Cuclillo
Coñito
Durmió.


Paso al siguiente tema, que me parece más peliagudo. ¿Cómo traducir al inglés -o a cualquier otro idioma- "Son tus perjúmenes, mujer", de Los Bisturices Armónicos, popularizada por Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina?
Eco subraya que toda traducción es una transportación cultural y que, si es buena, se trata de una apasionada interpretación del sentido profundo del texto.
En el caso que nos ocupa, el problema es que hay varias transportaciones culturales posibles del texto fuente. Al menos una es la original nicaragüense. Otra partiría de la visión mexicana -en mi caso- del mismo texto, que ya tiene de por sí una carga de traducción (de la cultura nica a la mexicana).
Me explico. Yo sabía, por medio de Hermann Bellinghausen, que "Son tus perjúmenes..." era obra de este grupo de médicos rurales que habían recogido por todo su país la tradición oral campesina. Hermann alguna vez nos había leído un libro de los Bisturices en el que los médicos citaban frases de los campesinos en las que describían sus dolencias. Eran poéticas y, las más de las veces, inentendibles para nosotros.
Lo mismo sucede con algunos verbos de "Son tus perjúmenes...". Para ellos quedan dos posibilidades de traducción: una es rebuscar sobre el significado más preciso posible de la palabra; la otra, jugar con sus posibles significados múltiples.
Así, la mejor definición oficial de "sulibeyo" la da un campesino nicaragüense que, para explicarla, lanza una piedra pómez al lago, y cuando la piedra regresa a la superficie, dice: "Mire, ya sulibeyó". Pero cuando uno, que no conoce el modo nica, escuchó la canción por primera vez, tradujo "sulibeyan" de otra forma: es una palabra que no existe, pero que connota sublevación (y sí, de alguna forma la piedra se subleva y resurge).
Más simple es el significado nicaragüense de "soripeyo", que es una mueca de invitación que se hace con los labios. Para mí soripeyo era un neologismo, relativo a causar leves cosquillas en distintas partes del cuerpo.
"Almareyar" resultó ser una palabra cuyo significado había atrapado. Viene de alma y quiere decir energizar desde adentro.
Pero la que para mí fue un gran chasco es "chúcaros". Me parecía una magnífica imagen de lo azucarado: lo dulce encarnado. Resulta que se refiere al ganado bravo, que podrá ser muy bonito a los ojos de un campesino, pero que no me cuadra.
Siguiente problema: traducirlo al inglés (entendiendo "perjúmenes", "aleteyan" y "reverbereyan" en su sentido estricto de habla popular).
Obviamente hay, por lo menos, dos traducciones (o, mejor dicho, dos grupos de traducciones): la del nica (la que proviene de la cultura campesina generadora del texto base) y la del resto de los países de habla hispana. Imagino/temo que cada uno de los no nicaragüenses bilingües haría una traducción diferente:


Son tus perjúmenes mujer

Son tus perjúmenes, mujer,
los que me sulibeyan,
los que me sulibeyan,
son tus perjúmenes mujer.

Tus ojos son de colebrí,
¡ay cómo me aleteyan!,
¡ay cómo me aleteyan!,
tus ojos son de colebrí.

Tus labios, pétalos en flor,
¡cómo me soripeyan!,
¡cómo me soripeyan!,
tus labios, pétalos en flor.

Tus pechos, cántaros de miel,
¡cómo reverbereyan!,
¡cómo reverbereyan!,
tus pechos cántaros de miel.

Tu cuerpo chúcaro, mi bien,
¡ay, cómo me almareya!,
¡ay, cómo me almareya!,
tu cuerpo chúcaro, mi bien.


It's your perfumations, woman

(traducción de Francisco Báez Rodríguez)

It's your perfumations, woman,
the ones that rebelsuble me,
the ones that rebelsuble me,
it's your perfumations, woman.

Your eyes are of hummenbird,
ah, how they batwing me!,
ah, how they batwing me!,
Your eyes are of hummenbird.

Your lips, flowering petals,
how they surpicate me!,
how they surpicate me!,
Your lips, flowering petals.

Your breast, honey jugs,
how they reverberay!
how they reverberay!
Your breast, honey jugs.

Your body, chugger, my love,
ah, how it resoulates me!,
ah, how it resoulates me!,
Your body, chugger, my love.

martes, diciembre 01, 2009

Biopics: El canto de cisne de la ultra

Mi última actividad “política” en Italia fue asistir, en calidad de observador (con Jorge, Eduardo y Beppe Falavigna), a la llamada “Convención Contra la Represión” en Bolonia, que fue el canto de cisne de la ultra y del movimiento del 77.

Este evento, organizado por la ultra a partir del “Manifiesto Guattari”, quería poner en la picota al PCI y a su ciudad emblemática, pero sobre todo al mundo del trabajo. A la burguesía y al proletariado por igual. Quería expresar el rechazo juvenil a la ética con la que se había fundado la república italiana y se había modernizado el país. La falta de perspectivas, ligada a la idea de la universidad como estacionamiento social antes del desempleo, había creado una ruptura con el movimiento obrero… esencialmente de parte de quienes se identificaban con la izquierda y una cierta idea utópica de socialismo, pero nunca lo hicieron con las organizaciones de clase.

La consigna clásica “È ora, è ora, potere a chi lavora” (Es hora, es hora, poder a quien trabaja) fue sustituída, en el 77, por “È ora, è ora, lavora solo un’ora” (Es hora, es hora, trabaja sólo una hora). Revistas como Desire, que publicaba nuestra compañera Valeria Bonifati con su novio Salvo –estudiante de psicología en Bolonia- daba tips al improbable lector obrero para trabajar unos cuantos días al año y cobrar completo… para la estupefacción de Anna y Paolo, típicos pduppinos modeneses (y por lo tanto, en realidad, a la “derecha” del Pdup). Pero aquello no era un intento obrero de reorganizar el proceso productivo. Detrás de la consigna “Tutta la produzione, all’automatizzazione” (Toda la producción, a la automatización) no estaba el interés por tomar el control, sino por echar la güeva. El movimiento tomaba elementos del mundo del trabajo, pero para enfrentarlos: en ese sentido era post-obrero, y por lo tanto post-industrial, si no es que antiobrero, y por lo tanto luddista.

Los autónomos eran revolucionarios en el sentido de que querían abolir el sistema y veían que el Partido Comunista lo prolongaba. No lo eran, en el sentido de que no sabían qué querían, además de abolirlo. Se parecían demasiado, en eso, a los primeros Fasci di Combattimento: lo importante es el movimiento, revolution for the hell of it.

El caso es que los autónomos pusieron una enorme lista de exigencias al ayuntamiento de Bolonia para su evento. Que pusieran comedores a su disposición, que se les dejara hacer un enorme campamento en el parque principal, que les prestaran el Palasport para la convención y les abrieran todas las plazas para los mítines, que los bares y restaurantes les dieran descuentos… El ayuntamiento accedió a todo, comentando que a los dueños de bares y restaurantes les solicitaría que hicieran los descuentos, pero no se los podía ordenar y que la Plaza Grande había sido reservada con anticipación, para el día principal, por una convención eucarística.

Si los organizadores de la Convención contra la Represión esperaban, precisamente, una actitud represiva de parte de las autoridades comunistas de la ciudad, no la obtuvieron. Así, mientras los más militantes entre los “creativos” y los “violentos” largaban interminables y agrias discusiones sobre el futuro del movimiento en la sede del Palasport, en las calles los demás hacían una suerte de gran happening, con algunas consignas chistosas, que aludían a frases infelices de los comunistas: “Covo quì, covo là, covo tutta la città” (Guarida aquí, guarida allá, guarida toda la ciudad), “Zangherì, Zangherà, gli untorelli sono qua” (Zangheri (alcalde de Bolonia), Zanghera, aquí están los untorcillos).

El día de la manifestación final marchó toda clase de grupos. Varios de ellos (los “violentos”) en vez del puño alzado –que al fin y al cabo era cosa de obreros- hicieron el signo de la P-38, como si tuvieran una pistola en la mano. Eran los que se preguntaban, en las discusiones del Palasport, “si las Brigadas Rojas son compañeros que se equivocan o compañeros punto y basta”. Un discreto grupo de carabineros cuidaba las inmediaciones de Plaza Grande, donde se celebraba el famoso convenio eucarístico. Un grupito esperaba a que pasaran los demás, quedara vacía la calle –porque no había casi espectadores- y luego la cruzaba, feliz de que los muros le hicieran eco a sus consignas. Patético. Estaban marchando en el desierto: los boloñeses se habían encerrado en sus casas, los habían aislado. Los autónomos insistían que no: “Macchè provocatori, macchè isolati/ siamo in tanti, e sempre più incazzati” (Pero qué provocadores, ni qué aislados/ somos un chingo, y cada vez más encabronados).

La manifestación desembocó en una plaza grandota, pero que no era Plaza Grande. Allí se hizo un mitin. Apareció un travesti a arengar a la multitud, pidiendo que fueran a Plaza Grande a “acabar con la provocación católica”. Lo callaron con rechiflas. El principal orador fue el dramaturgo Dario Fo –laureado, años después, con el Nóbel de literatura-, que contó un par de chistes malos (los comunistas en su sede de base, preguntándose cuántas vueltas a la manzana habían dado los cuatro gatos del movimiento) y poco más. Los asistentes se dispersaron seguramente más confundidos que antes.

Dice Franco Berardi, Bifo, la cabeza pensante de ese movimiento, que “marzo fue colorido y feliz, creativo e inteligente. Septiembre fue plomizo y rencoroso, ideológico y agresivo”. Paradójico: en marzo fueron los putazos, las detenciones, las bombas lacrimógenas; en septiembre, sólo una marcha vacía en una ciudad que les hizo el vacío, que demostró que sabía ceder y mantener el orden, que les tiró el teatrito.

Como dijo, premonitoriamente, Guido Fabbrini, aquel movimiento sería la celebración de que no habría revolución socialista. La negación del futuro. O como escribió, años después, Ben Watson, lo que el rollo Deleuze- Guattari (delude gut-theory) provocaba eran sólo berrinches edípicos adolescentes.

jueves, noviembre 26, 2009

Glorias olímpicas invernales: Eugenio Monti

Alguna vez escribimos que el Siglo XX fue rojo y veloz. Esas eran dos características de Eugenio Monti, El Rojo Volador. Se ganó el mote como esquiador alpino, era campeón nacional de slalom y disputaba un puesto en el equipo olímpico italiano de 1952, cuando un terrible accidente debido a su estilo temerario resultó en la ruptura de los ligamentos de ambas rodillas.

Obligado por la lesión a dejar el esquí, pero ansioso de velocidad y gloria, el Rojo pasó a competir en el bobsled, en donde rápidamente destacó y ganó, en 1957, el primero de nueve campeonatos mundiales. En los juegos de Cortina d’Ampezzo –localidad cercana a su pueblo natal- compitió en el carrito de dos y de cuatro plazas. Obtuvo sendas platas. Para los juegos de 1960, la competencia de bobsled se canceló por razones económicas, así que Monti tuvo que esperar hasta 1964, en los juegos de Innsbruck para escribir su nombre con letras imborrables en la historia olímpica.

En esos juegos, Monti se quedó con el bronce en la prueba de cuatro tripulantes. Su gran esperanza era en la de dos plazas, con Sergio Siorpaes. El equipo italiano que él capitaneaba hizo un gran tiempo en la primera y en la segunda mangas. A sus principales rivales, los británicos Nash y Nixon, se les rompió un perno del eje de sujeción de su carrito y Monti, en un gesto de los caballeros del siglo pasado, después de su bajada desmontó la parte posterior de su bob y les prestó el perno. El equipo británico ganó el oro; los italianos se tuvieron que conformar con el bronce. Pero a Eugenio Monti se le otorgó la medalla Pierre de Coubertin por su deportivismo.

El deporte premia, y en los juegos de Grenoble 1968, Monti –quien ya contaba con 40 años- obtuvo finalmente sus ansiadas medallas olímpicas de oro, tanto en el de cuatro plazas (con De Paolis, Zandonella y Armano) como en el de dos (con Luciano de Paolis). Un justo final deportivo al primer gran conductor de bólidos sobre hielo.

Tras su retiro, Eugenio Monti se dedicó a entrenar y a diseñar pistas de bobsled. Su matrimonio, con una estadunidense, terminó en divorcio. En 2003, afectado por el mal de Parkinson que le carcomía los músculos y la memoria, deprimido por la muerte de su hijo por sobredosis de droga, envuelto en la soledad después de la visita de su hija, que regresaba a Estados Unidos, el héroe olímpico, el hombre que no temblaba porque no conocía el miedo, tomó una pistola con la mano temblorosa por la enfermedad que lo agobiaba y, en el garage de su casa, se disparó en la cabeza.

jueves, noviembre 19, 2009

Biopics: Festival de L'Unità, daiquirís y sangrías

Una de las constantes de la vida en Módena fue, siempre, el festival de L’Unità, que se organizaba con el pretexto de apoyar el periódico del Partido, pero que en realidad servía como engrudo social. Había festivales de comité de base, de municipio, de federación (provincia) y el Festival Nacional. Los más bonitos eran los de base. En un lote, se juntaban las familias de los miembros y hacían una suerte de kermés con platos típicos. Ponían un stand con fotos de sus actividades y, a veces, invitaban a algún cantante local o agregaban un par de juegos de mecánicos. Pura cultura popular, empezando por la culinaria –que, además, solía ser barata. Los de municipio y provincia eran más elaborados y –si se trataba de una federación poderosa, como la de Módena-, invitaban a partidos hermanos y a naciones socialistas, además de traer artistas de más nivel. En los primeros años, me tocó ver a los Quilapayún, los Inti Illimani (“la musica andina, che noia mortale”, cantaría después Lucio Dalla) y a parte del Ballet Kirov. También escuchar anécdotas como la de cuando se les ocurrió invitar a Corea del Norte, que mandó un stand con las obras completas de Kim Il Sung (que la federación modenesa tuvo que comprar en masa, porque no se vendió una sola) y cuyos visitantes creían estar frente a un teatro cuando les enseñaron la fábrica de estampitas Panini.

El Festival Nacional era un eventotote. Y en 1977 la sede fue Módena, ciudad roja por excelencia. Entre los invitados musicales estaba Santana, y los mexicanos estábamos animadísimos de verlo, pero los ultras le hicieron la vida imposible al gran músico de Autlán en los conciertos previos, llegando al extremo –en uno de ellos- de aventar estopas ardiendo al escenario (estaban pasando a la ofensiva: a Bruno Trentin, un dirigente sindical de la izquierda del partido, le lanzaron tuercas y rondanas). Llegué a escuchar a algún ultra justificar la agresión diciendo que la rola “Europa”, del maese Santana, era “decadente”.

Fuimos varios días al Festival, y escuchamos sobre todo música cubana. En el stand cubano Patrizia de Candia y yo nos tomamos un par de daiquirís muy bien hechos. En el español, otro día, nos tomamos dos buenas sangrías. En ambas ocasiones, alegritos, nos tomamos de la mano y nos quedamos mirando el uno al otro, con una sonrisa plácida. No sé si nuestros ojos estaban avivados por el trago o por el descubrimiento de la otra mirada, pero los recuerdo como momentos felices.

Patrizia se decía de izquierda, pero la verdad era anticomunista. Confesó que había votado por el Partido Socialista porque la hoz y el martillo en el emblema del PCI le habían parecido “demasiado soviéticos” y ella relacionaba la URSS con tanques de guerra. Esas pendejadas me importaban demasiado.

Ella no asistió al discurso de Enrico Berlinguer, que fue megamasivo. Allí, el líder del PCI atacó duramente a la ultra, los llamó untores (una parábola desafortunada, porque los untores, reales o supuestos, habían sido perseguidos por la Iglesia o por turbas intolerantes) y cerró toda posibilidad de diálogo con ellos.

Mi amigo Claudio no se fiaba mucho de ella. Decía que una de las razones por las que estaba conmigo era mi condición “exótica”, de mexicano. O sea, por snob. Era buen pretexto para mis vacilaciones e incertidumbres.Yo la quería para mí solito y tenía inseguridad. Mil veces habíamos dicho “ti voglio bene” o “mi piaci da morire”, pero nunca nos atrevimos al “te amo”, ni siquiera en inglés, que hubiera sido un poco menos comprometedor.

Una parte de mis temores estaban ligados a su independencia y a que no le molestara ser pretendida por otros. Otra, a su imprevisibilidad. Otra más, a que sentía que su separación afectiva de su anterior novio –un pduppino boloñés, cercano a Guattari, poco apto, según ella, en las lides amatorias y con quien vivió un tiempo en una especie de comuna protopunk que la verdad no le gustó- no había sido completada del todo.

Esto me llevaba a dos cosas. Una, directa, eran una serie de apuntes en mi cuaderno, donde trataba de explicarme la relación y mis propios sentimientos, porque sentía que caía en su vértigo: “Oh oh, parece que me va a tener que tocar usar mi fuerza de voluntad para más de una cosa. I may not be in love, but I’m open to persuassion. La racionalidad me pide cerrarme… dos horas después: crisis resuelta con media botella de vino”.

La otra, fue un ensayo sobre partidos y movimientos (el núcleo de mi teoría del inevitable oportunismo del partido político moderno), que tomaba el centro del debate entre el PCI y la ultra, y en el que me ponía claramente del lado del Partido, y su lealtad a las instituciones: “El Estado democrático es mucho más que un "directorio político de la clase dominante" y reclama para sí el papel de balanza, rompiendo cualquier intento de homogeneizar los intereses de una clase”, escribí, “de la interacción entre Partido Comunista y Estado burgués salieron ambos cambiados y se llevaron -muerto- entre las patas al leninismo como teoría-praxis del movimiento obrero italiano.En ese sentido, el PCI se convierte, naturalmente, en sostén activo de las instituciones democráticas”.

Pero el objetivo iba más lejos, obviamente: “Parecen bastante perdidos los promotores del "Manifiesto Guattari", firmado por una parte de los integrantes de la Nueva Filosofía francesa (Glucksman, Levy), Jean Paul Sartre y Maria Antonieta Macchiochi, entre otros, en el que se condena la "represión" de parte del PCI (!) al movimiento estudiantil de Bolonia (en particular, el encarcelamiento de Francesco Berardi, Bifo, jefe de redacción de la emisora privada Radio Alice, que guiaba las escaramuzas pseudobélicas de los "autónomos").Del manifiesto de los intelectuales franceses se desprendería que se trata de una represión directa, que el Servicio de Orden del PCI es una "nueva policía" y que también con el eurocomunismo las libertades del mundo occidental están en peligro, mientras que en realidad la situación es harto más compleja. Decir, sin más, que las leyes de un Estado democrático son "burguesas", es de un esquematismo imperdonable, que no toma en cuenta los cambios históricos. Y hablar del poder, en abstracto, por encima de la articulación social, que tiene su propia dialéctica, para así confirmar la idea (prejuzgada) de que socialismo y libertad son incompatibles, significa estar obsesionados con la metafísica del poder, una idea abstracta. La represión en Bolonia fue moderada -si se la compara con lo que sucede prácticamente en el resto del mundo- y discriminada. Fue contra un movimiento violento, no democrático y políticamente ambiguo (y que, como la Nouvel Philosophie, cargaba agua al molino de la derecha). Fue avalada por el PCI pero llevada a cabo por el gobierno de la DC.
A final de cuentas, al mucho ruido corresponderán pocas nueces, y podridas. Lo único que lograrán la ultra y sus compañeros de ruta será empujar a las bases populares del PCI a posiciones de "ley y orden", mientras el movimiento refluye y sus excrecencias se convierten en meros enemigos del Estado”.

El putazo era para el pensamiento rizomático y esquizoide de Deleuze y Guattari y, por asimilación, contra el fantasma del pduppino boloñés, contra el anticomunismo de Patrizia, contra sus afirmaciones de clase acomodada, contra el peligro de que lo dicho por el compañero Claudio hubiera sido cierto, contra la parte de mí que estaba perdidamente enamorada y que soñaba con la repetición eterna de los momentos del daiquiri y de la sangría.

Uno de esos días, De Candia salió a visitar a su familia, que todavía vacacionaba en su chalet en la isla de Elba.

miércoles, noviembre 18, 2009

Vértigo de las listas


A menudo he sido acusado de neurótico por mi afición inveterada a las listas. Uno de mis chistes, a fines de los años setenta, era hacer malabares con dos naranjas mientras recitaba la lista (inventada) de todos los miembros del Comité Central del Partido Comunista Chino. Años después, un psicoanalista me explicó que realizarlas es un método a través del cual la persona trata de imponer a su vida un orden que no existe. Logró que estuviera consciente de ello, pero poco más -como puede constatarse con un paseo por este blog. Hoy, si no puedo conciliar el sueño -o si alguna mañana me sobra el tiempo- me invento una lista.

Por otra parte, siempre he entendido que la manía clasificatoria occidental, de la que abrevo, es una forma trunca del conocimiento, sobre todo porque suele ser desatenta con los procesos. La enciclopedia de mi infancia, Lo Sé Todo (cuyo original era una obra italiana, Vita Meravigliosa) tenía ese defecto, muy evidente en áreas como la biología.

Ahora uno de mis autores favoritos, Umberto Eco, acaba de publicar un ensayo al respecto: Vertigine della lista, en el que -dicen los reseñistas- analiza el amor de las culturas de occidente por listas y catálogos, como formas de encuadramiento cultural (ahora pienso, muchas de mis listas son cánones personales), pero también como un recurso maestro para dar criterios e identidad a cada sociedad. Eco analiza distintas formas de enumeración, y da cuenta de cómo las listas reflejan el espíritu de sus tiempos y han influenciado la literatura y las artes visuales de una manera que es difícil percatarse (lo que habla de lo acostumbrados que estamos a ellas).

Dice Eco, en una entrevista a Spiegel, que las listas están hechas para hacer comprensible el infinito, y por eso tienen una magia irresistible. Hacen también cultura: hoy, los historiadores entienden mejor una época leyendo la lista de compras de un ama de casa, o las causas de fallecimiento en una ciudad (ambos elencos son expresión, viva en su momento, de la cultura en la que se generaron).

Toda lista concluye, idealmente, con un etcétera. Idealmente, es infinita. Por eso, Eco dice -y regresamos al psicoanálisis- que los humanos tenemos un límite humillante, que es la muerte. De ahí que nos gusten las cosas ilimitadas: escapamos de la muerte haciendo listas.

Al mismo tiempo, toda lista es discriminante. Algo queda adentro, algo queda afuera. Una cosa va primero y otra después. Hay una predefinición de características (algo muy caro al pensamiento de Eco), una descripción minuciosa que no es explicitada en la formación de la lista. Hay un humus cultural, histórico y personal en la elaboración de cada una de ellas.

Por eso en la entrevista, como buen miembro de su generación, Eco nos pone en guardia contra las listas generadas automáticamente, como las de Google. "Son peligrosas, pero no para la gente como yo, que adquirió de otra forma sus conocimientos, sino para los jóvenes, para quienes Google es una tragedia. Los maestros deberían enseñar el arte de discriminar... Los maestros deberían decir a sus alumnos 'Busquen cualquier tema, la historia de Alemania o la vida de las hormigas, busquen 25 páginas web y, comparándolas, descubran cuál tiene buena información'. Si diez páginas tienen lo mismo, puede significar que están correctas. Pero también puede significar que unos sitios copiaron los errores de otros". Creo que es por eso que el Blog de Piedras no está al frente en cada categoría de Google.

Finalmente, como el acomodo de los libros en una biblioteca personal, toda lista es cambiante porque toda lista es imperfecta y todo ser humano está en constante transformación. Eso es, por lo menos, lo que le sucede a las mías.

miércoles, noviembre 11, 2009

Biopics: Inglaterra y Escocia (pero no Gretna Green)

Lo bien que la pasamos en el sur de Italia y lo mejor que lo estábamos pasando tras nuestro regreso a Módena, nos animó a Patrizia de Candia y a mí a dar otro rol veraniego. En esta ocasión la meta era el norte de Escocia, pasando por Francia e Inglaterra.

Estuvimos tres días en París, con un clima maravilloso. Nos hospedamos en un hotelito en el Barrio Latino, hicimos el consabido tour de museos -¿cómo es que nunca te cansan?- y también nos dedicamos, bastante, a observar a la gente.

Llegando a Londres, nos quedamos en un hotel baratísimo cerca de Victoria Station; el cuarto tenía una sola estación de radio, pero que siempre pasaba buen rock (no podías apagar el radio, sólo bajar el volumen a cero). Había un ambiente extraño en la ciudad: el rollo cool británico se mezclaba con un evento muy kitsch: se celebraba el Jubileo (los 25 años de reinado) de Isabel II y había todo tipo de baratijas y adornos royal-patrióticos de más que dudoso gusto. En medio de todo eso, llegó la noticia de que Elvis Presley había muerto (nada más para que aparecieran más objetos kitsch).

En Londres también vimos museos y jardines, y nos dimos una vuelta por el castillo de Windsor. También hicimos un paseo suspirante a Cambridge, que era una suerte de La Meca para los jóvenes economistas de aquel entonces (y en Cambridge nos tomamos la foto que aquí aparece). Pero lo mejor fue que en el Time Out descubrí que Bert Jansch, gran guitarrista, compositor y alma del grupo folk Pentangle, iba a dar un concierto en el Albert Hall. Compramos boletos y fue otro sueño adolescente hecho realidad.

Cuando yo tenía a De Candia recostada sobre mi hombro, Jansch cantaba: I don't believe that I've seen/ a woman like you, anywhere/ And I must admit that I can't see/ to making you into a dream/ But if I had a magical wonder word/ I'd send a dove to catch your love/and I’d send a blackbird to steal your heart” y yo era feliz, no pude resistir tararear la canción, pero el tipo de adelante me calló.

También fue en Londres que tuvimos un desencuentro, totalmente culpa-sabotaje mío. Ella sabía que a mí me disgustaba que diera limosna, y yo, que ella aborrecía que yo escupiera en el suelo. Una vez, saliendo del tube, ella dejó que yo me adelantara. Cuando volteé, vi que se inclinaba a dar una limosna. Me alcanzó y escupí al suelo. Discutimos y quedamos en volvernos a ver, allí mismo, tres horas después, cuando se nos bajara. Yo fui a la cineteca, a ver “Morgan, un caso clínico” (y en algún momento del film, Morgan decía, orgulloso: “yo traje inseguridad a tu vida”). Cuando nos reunimos, comprobé que lo mejor de los pleitos es la reconciliación.

Otra cosa extraña que pasó en el metro londinense fue que estábamos por tomar un tren y junto a nosotros había un grupito de adolescentes con todo el tipo de lúmpenes. Quien sabe qué bicho le picó a De Candia, que se arremolinó en la misma puerta que ellos. El resultado fue que le volaron la cartera. Fuimos a hacer la denuncia y una de las primeras preguntas que hizo el oficial fue si los jóvenes eran “de color”. La respuesta de Patrizia fue penosamente inolvidable: “Cuatro eran de color y uno era negro”. Clasificación sudafricana. A la salida de la estación se disculpó por haber contestado (no por haber contestado así) y me dijo que se temía que el policía iba a hacer esa pregunta racista.

El viaje a Escocia y por Escocia fue fundamentalmente en autobús. A ratos íbamos leyendo (yo, un paperback sobre la historia escocesa; ella, un libro de Anaïs Nin, que comentaba entusiasmada); a ratos, admirando el paisaje agreste.

Nuestra primera parada fue en Edimburgo, ciudad señorial e ilustrada, dominada por el castillo construido sobre una roca gigantesca, muro que se desparrama como cascada verduzca hacia las casas medievales. Disfrutamos la escalada al castillo y nos divirtió mucho el relato del guía, que contaba con detalle cómo habían agarrado a María Estuardo de los pelos para arrestarla, y la habían arrastrado por este corredor, doblado por aquí y encerrado por allá, antes de enviarla prisionera a otro castillo. También disfrutamos de la británica costumbre de tomar tea and scones todas las tardes, puntualmente a las cinco y de caminar por las calles –elegantes y austeras, a la vez- que parecían afluentes del río de roca que te llevaba colina arriba hacia el castillo.

Nuestra siguiente parada –y de la que mejores recuerdos tengo- fue en Dunkeld, un romántico pueblo en los highlands escoceses, al norte de Edimburgo. Lo que más hacíamos en Dunkeld era caminar por colinas boscosas y montes llenos de musgo, o por la ribera del río Tay. Caminatas con un clima fresco, en las que platicábamos mucho, en medio de un paisaje que nos brindaba mucha paz. En Dunkeld también había una impresionante catedral gótica y normanda, hecha de piedra, que ya no tenía techo. Tampoco ahí perdonamos el tea and scones.

En Blair Atholl estuvimos un día –igual que en los anteriores lugares, hospedados en un bed & breakfast de tres libras por persona-, y fue parecido a Dunkeld, pero con paisajes menos espectaculares y con un castillo más turístico, que De Candia visitó, pero yo no. A pesar de que era agosto, hacía algo de frío, y preguntamos a nuestros anfitriones cómo era el invierno. Nos dijeron que “no tan malo”, casi nunca tenían que usar la puerta del segundo piso, al bloquearse la de abajo por la nieve. De Blair Atholl recuerdo que servían un magnífico whiskey.

El único trayecto en tren fue de Blair Atholl a Inverness, y era extraño ver a gente con esquís en pleno verano. Inverness resultó ser una ciudad más oscura y menos atractiva de lo que imaginaba, pero que también tenía un imponente castillo y un agradable paseo a lo largo del río Ness. El chiste de ir ahí era dar una vuelta por el Lago Ness, a ver si veíamos el monstruo. Tomamos el autobús que corre, a todo lo largo del lago, de Inverness a Fort Augustus. El famoso Loch Ness es estrecho (normalmente se ve con facilidad de una orilla a otra), de aguas muy oscuras (por eso se esconde Nessie) y muy muy largo (de hecho, el trayecto tomaba más de una hora). A los lados, siempre había verde: a veces boscoso, a veces pastos. Fort Augustus no tenía gran cosa, así que de ahí nos largamos a otra caminata, en las orillas del lago, hasta dar con un castillo en ruinas (quiero pensar que era el de Urquhart, pero tal vez era uno más pequeño y desconocido). Nos sentamos ahí, maravillados con la vista, con la sensación de grandeza de la naturaleza, de que éramos ella y yo en esa soledad. E hicimos el amor.

La última etapa del viaje fue a la isla de Skye, en las Hébridas. El paisaje era muy rocoso, lleno de pequeños lochs, valles sin árboles, montañas de formas caprichosas, cubierto por nubes cambiantes de diversas tonalidades: de repente un rayo encegucedor de sol cruzaba entre dos nubes, una gris y otra negrísima. Más de una vez me repetí: “este es un paisaje marciano”. En Skye, la ruta era entre montañas y la carretera sólo tenía un carril y, en cada curva había un acotamiento: hacia allí iba el autobús, frenaba, veía que la siguiente fase estaba libre y seguía el camino.

Portree, la capital de Skye, era un pueblito acogedor (tea and scones, again) y poco más. De ahí tomamos un tour a las costas salvajes, creo que rumbo a Uig (o algún otro lugar con resonancias borgianas). Eran lugares espléndidos y borrascosos, azotados por una naturaleza salvaje y fría. Nos detuvimos en una de las playas de guijarros y rocas, con un ventarrón desolado que casi nos arrancaba los rompevientos, una ventisca apasionada y gélida a la vez.

De regreso a Portree, Patrizia me propuso que fuéramos a Gretna Green, a casarnos. “Por juego”, acotó. Explicó que Gretna Green era un pueblo escocés en la que la gente se casaba. Supuse que como en Las Vegas. No sé qué me hizo negarme, la idea de casarnos o que ella haya sugerido que era broma. Más tarde me enteré que los matrimonios de Gretna Green eran legales, y no de juego. También me negué (no recuerdo si antes o después del viaje a Escocia) a una propuesta suya de que tuviéramos un hijo “y estuviera seis meses contigo y seis conmigo”. Me pareció muy frívolo, porque o lo teníamos o no lo teníamos, y me negué.

Viajamos de Portree a Glasgow, y en la capital escocesa sólo estuvimos lo suficiente para pelear un lugar de autobús a Londres. Allí nos quedamos en un hotel más bien pinche, regenteado por unos extranjeros que se indignaron cuando les pregunté de dónde eran (ingleses no, en el baño había un letrero: “No splaszwater”) pero que tuvieron la puntada de dar el recibo a nombre de Mr. & Mrs. De Candia.

De esos días son estos versos:

We’ve gathered togetherness with our arms, and feet, and glances.

I am your experience. You are my behaviour.

It is fathomless, bottomless, painless.

No sky. Only our bodies occupy.

lunes, noviembre 09, 2009

Apodos futboleros: un diagrama de Venn


Nada mejor para practicar diagramas de Venn que alguna nerdez extrema. Probé un programita y este es el resultado.


viernes, octubre 30, 2009

Dos años de estadísticas del blog

Han pasado dos años desde que se empezaron a medir las visitas a este blog, y este fan de la estadística no puede resistirse a hacer unos análisis muy generales.

A lo largo de estos dos años, el Blog de Piedras ha recibido 25,206 visitas, provenientes de poco más de 22, 000 cibernautas, que han abierto 35,182 páginas.
Los visitantes provienen de 80 países diferentes. Este es el top ten:

México 13,453 visitas
España 2,758
Argentina 1,294
Estados Unidos 1,209
Colombia 1,152
Perú 895
Venezuela 855
Chile 831
Ecuador 351
Reino Unido 257

Las diez páginas más vistas son:

Blog de Piedras (Página de Entrada): 4,754 entradas
Miniguía para discursos de XV Años: 4,277
Abril de 2008: 1,295
Diez novelas latinoamericanas: 1,209
Marcha Olímpica: 959
Cien películas italianas:849
Marzo de 2006: 711
Diez novelas italianas: 671
Mis (pocas) putas tristes: 599
Glorias olímpicas: Nadia Comaneci: 538

Utilizando la aplicación de "pivote", se puede constatar que -por la diversidad de intereses, pero también por la distinta prelación de las palabras clave en las diferentes versiones nacionales de Google- hay notables diferencias en las principales páginas de entrada por país. Mientras que México es, por mucho, el que más personas lleva a la miniguía quinceañera y a las putas tristes, España es el gran portador de visitantes a listas de novelas y películas, Argentina posiblemente tiene una obsesión por las galletas de la fortuna y a los ecuatorianos les sigue interesando la marcha olímpica, aun después del retiro de Jefferson Pérez.

En el año que termina hubo 37 por ciento más visitas y 31 por ciento más páginas vistas que el anterior. Uno diría "¡Qué bárbaro, cuánto crece la popularidad de este blog!", pero hay que matizar, y mucho. El 87 por ciento del aumento se debe a una sola página, publicada a mediados de octubre del 2008, y que el Abuelo de Miguel describe, tacaño, como la única cosa realmente útil que he escrito aquí: la Miniguía para Discursos de XV Años. Si la sacamos del conteo, el aumento de los lectores es marginal. Y si elimináramos a las putas tristes y las galletas de la fortuna, el efecto se desvanece casi por completo.
El efecto de la página de la miniguia hizo que la composición de los lectores en el último año se mexicanizara (las visitas desde México pasaron de 51 a 55%) y se provincianizara (los lectores chilangos pasaron del 22 al 17%, mientras que, por ejemplo, las visitas desde Oaxaca y Puebla se decuplicaron).
Si seguimos viendo la dinámica por países, en el último año, de manera aún más notable que en México, aumentó la proporción de visitantes de Argentina, Colombia y Perú, mientras que disminuyó la de los países caribeños.

Pasando a las páginas más vistas, la lista del último año coincide con la general, salvo por dos casos: "Galletas de la fortuna" ocupa el lugar número 8, y "Los diez deportistas mexicanos del 2008" está en el décimo, desplazando a "Marcha Olímpica", que se va al 12 y a "Glorias olímpicas: Nadia Comaneci", que se desliza hasta el 15, opacada por "Leyendas Olímpicas: las hermanas Press", que repuntó muchísimo, seguramente debido a la polémica sobre el sexo de la atleta sudafricana Caster Semenya.

Me queda claro que, a falta de una política dirigida a capturar un público determinado, la suerte de cada página dependerá de circunstancias azarosas y de la benevolencia del dios Google (no voy a ponerme a buscar palabras clave exitosas nada más para atrapar despistados).
Lo bueno, y lo bonito, es que hay una cincuentena de lectores atentos y más o menos constantes, y que también hay varias decenas más que llegan buscando algo interesante (un poema de Mauricio Brehm, un análisis del señoriaje del dólar, una viñeta sobre algún amigo que no ven hace décadas, una interpretación de Nessun Dorma, una lista de novelas o de deportistas) y lo encuentran.

Después de esta filosofía -y a pesar de ella-, espero para el año próximo ya haber completado todos los países europeos entre los que aportan visitas (me faltan Bielorrusia, Irlanda e Islandia), haber penetrado en Sudáfrica (aunque sea con una visitilla) y completar los 50 estados de la Unión Americana (me faltan cuatro).

Posdata: una revisión de los mapas me permite afirmar que la visita más al norte provino de Murmansk, Rusia; la visita más al sur, de Ushuaia, en la Patagonia Argentina; la más occidental, de Anchorage, Alaska y la más oriental de Brisbane, Australia (y eso quiere decir que nadie de Nueva Zelanda ha visitado el blog).

miércoles, octubre 28, 2009

Biopics: Un viaje al sur de Italia

En el verano del 77 presenté los dos últimos exámenes que me faltaban. El de español, al que una monserga burocrática nos obligó de todos modos y el de política monetaria, con Parboni. Yo quería quedar muy bien ante mi director de tesis, pero no lo logré. Me hice bolas al intentar explicar las razones detrás de una estructura irregular de tasas de interés en instrumentos a plazos diversos y me tuve que conformar con un 27. Tal vez la vorágine de mis sentimientos me distraía demasiado.

El romance entre Patrizia de Candia y yo tomó vuelo, de manera apasionada. Al mismo tiempo, nos cuidábamos mucho de pronunciar palabras que –lo sé de cierto- ambos teníamos en la punta de la lengua, pero que nos hubieran comprometido. Todo tenía que ser muy cool, aunque estuviera hirviendo. Físicamente, el nivel de entendimiento era altísimo, y eso impregnaba lo emocional. De manera simultánea, una parte de nosotros estaba agazapada, estudiando a la pareja, midiendo, resistiéndose a la entrega y paralelamente deseándola.

Eso significaba, por ejemplo, que de manera casi impensada, decidiéramos hacer un viaje. Ella me quería llevar a la isla de Ponza, situada en el archipiélago Pontino, al sur del Lazio. Tomamos un tren a Nápoles y nos quedamos un par de días en casa de Guido Fabbrini, quien estaba allí con un amigo mientras Antonia, su mujer, seguía chambeando en Módena. El departamento tenía una vista espectacular (“vedere Napoli e morire”) y rolamos alguito –lo que la pasión permitía- por la ciudad. También cenamos pescado con ellos en Portici.

Partiendo de Nápoles nos echamos dos tourcitos. Uno fue a la perfumada Capri, donde conocí por fín la mítica casa de Axel Munthe, que era una suerte de símbolo de la Europa que yo quería conocer y en el que no fuimos –por codos- a la Gruta Azul. El otro, a Pompeya, que volvió a impactarme. Esa ocasión, cuando caía la tarde, nos quedamos un buen rato admirando el teatro romano. Se hizo de noche y empezó a entrar gente. Se presentaba una compañía muy conocida y, quien sabe por qué magias, no se dieron cuenta de que nosotros éramos turistas rezagados y no asistentes al teatro con boleto pagado. Nos quedamos hasta el final, disfrutando de una muy buena puesta en escena de “El Burgués Gentilhombre”, de Molière y regresamos tardísimo a Nápoles.

Al día siguiente tomamos en Formia el barquito a Ponza, que resultó una isla encantadora (no por nada dice la leyenda que es la isla de Circe en La Odisea), con una pequeña parte turística, un pueblito tradicional y muchísimos rincones mágicos. Nos alojamos en una pensión familiar a las orillas del pueblito, y pronto encontramos nuestra playa bruja, una bahía minúscula de escaso oleaje rodeada por rocas bajas y negrísimas. Un escondite maravilloso en el que pasamos la mayor parte de las tardes de aquella semana.

A menudo, en las mañanas desayunábamos con lasitud y leíamos Il Corriere (De Candia era de esos italianos nice para los cuales periódico e Il Corriere eran sinónimos), para luego ir a una playa más concurrida. Una ocasión me quedé en esa playa mientras ella tomó un tour que recorría toda la isla. Regresó muy divertida: el guía decía, ante paisajes preciosos que eran “bellos como una tarjeta postal”, cuando no había nada que pudiera capturarlos en su majestad.

Pero Circe también hizo sus jugarretas. Durante esos días en Ponza –y después de tanta exaltación -, no hicimos el amor. Ella no quiso, y soltó la indirecta de que fue porque yo no le había preguntado en Nápoles sobre sus anticonceptivos. Pero igual la pasamos maravillosamente. Me complacía estar con ella, así de simple.

En el tren de regreso a Módena, nos tocó en compartimentos separados. Yo a cada rato me levantaba, iba al de ella y le guiñaba el ojo, recibiendo a cambio una magnífica sonrisa. Quiero suponer que ese detalle final (cada guiño quería ser una flor, cada sonrisa lo era), que le daba a entender que yo no quería imponerme y no estaba con ella sólo por el sexo, contribuyó a que, ya en nuestra ciudad (y después de que ella recuperara las pastillas olvidadas en el escritorio de su padre… Freud, otra vez), tuviéramos largas jornadas de arrebato.

Escribí en mi cuaderno aquellos días: “Dormir con ella, arrastrar dentro del sueño al sueño febril de su cuerpo, sentir cómo pica la antigua soledad, pero al mismo tiempo saber que no estamos solos, que ella nos ha comunicado ya su dulzura y su modo de ver la vida.

“No saber ya a qué atenerse. Ella conjuga firmeza e imprevisibilidad… es capaz de termuras insospechadas, de hieratismos atroces. Quizá también ella esté confundida. Mi interés por ella no se desvanece, no obstante los esfuerzos y los esporádicos encabronamientos. Me atrae un chingo.”

martes, octubre 27, 2009

El IEPS y la payasita de crucero

Regresaba ayer del trabajo, a las diez y media de una noche fría y con una llovizna pertinaz. El semáforo me detuvo en un alto y vi, a mi izquierda, a una payasita de crucero de unos trece años, con su traje de carácter y la nariz pintada de negro. Estaba acuclillada y por un momento pensé que era por el frío de la calle y su soledad. Pero no. Estaba absorta mandado mensajes de texto por su celular.

Lo siguiente que me vino a la mente fue que los senadores están discutiendo el IEPS en telecomunicaciones. El Impuesto Especial sobre Producción y Servicios grava aquellas actividades que por sus características específicas generan un costo social y externalidades negativas (como el tabaco, las bebidas alcohólicas, los juegos de azar y la gasolina). La tasa del impuesto extra depende de qué tan grandes sean los perjuicios causados por el consumo del bien o servicio y qué tan básico sea el artículo por gravar.

En su desesperación por hacerse de recursos, las autoridades han pasado del concepto original de externalidades negativas al de "consumo de lujo". En esa lógica, se ha pretendido incluir a teléfonos celulares, televisión de paga e internet. Todos estos servicios están controlados por grandes empresas, pero la pérdida que tendrían es marginal (una mínima disminución en la contratación), ya que -al igual que el IVA- el impacto del impuesto es sobre el precio final que paga el consumidor, lo que disminuye el ingreso disponible de las personas. Es decir, los consumidores son quienes pagan al fisco.

Regresemos a la payasita adolescente de crucero. A esta niña, el desempleo, la desigualdad social y la ignorancia la han privado del derecho a la infancia. Pero tiene celular y lo usa para chatear. El impuesto no le quitará el juguete, pero sí disminuirá su ingreso disponible, y todo en nombre de los pobres.

No pretendo aquí discutir la conveniencia o no de los impuestos a las telecomunicaciones (opino que son producto del ansia recaudatoria ante la inexistencia de acuerdos sobre una reforma fiscal a fondo, verdaderamente redistributiva). Lo que me impacta es la ignorancia de la realidad que se deja ver cuando se clasifican ciertas mercancías como "de lujo". Supuestos lujos en manos de mendigos.

Y esta reflexión me llevó a recordar -ya estaba yo cuadras más allá de la mojada payasita- una discusión entre economistas, a mediados los años ochenta. Era un trabajo que calculaba a qué tasa debía crecer la economía mexicana para que, en un determinado número de años, todos los ciudadanos tuvieran acceso a los "mínimos de bienestar". Evidentemente, la tasa de crecimiento o el número de años variaban según se moviera la distribución del ingreso. A menor Coeficiente de Gini (mejor distribución del ingreso), menos años para llegar a la meta o menor tasa de crecimiento requerida.

Entonces Carlos Tello señaló que, si la distribución del ingreso fuera perfecta, aún con una tasa negativa de 1 por ciento anual, todos los mexicanos accederían a esos mínimos de bienestar. Fue ahí cuando se me ocurrió preguntar qué se entendía por mínimos de bienestar. Me contestaron que alimentación y educación básicas, salud, vestido suficiente, casa, agua, electricidad y algunos electrodomésticos... por ejemplo, televisión en blanco y negro.

Respondí con dos preguntas. La primera era: ¿Qué nos garantiza que el costo productivo de llegar a una distribución totalmente igualitaria del ingreso será sólo de 1 por ciento del PIB? "Mínimo caería 25 por ciento", deduje, "y entonces nadie alcanzaría los mínimos de bienestar". La segunda era: "¿Y en la tele en blanco y negro van a pasar las caricaturas de Bolek y Lolek?". No me podía imaginar de otras.

En otras palabras, los burócratas de Hacienda y los políticos en el Congreso hacen su esfuerzo, pero no tienen la exclusividad del desconocimiento de la realidad nacional.


miércoles, octubre 21, 2009

Biopics: Patrizia de Candia y un programa de radio

Quien de verdad me movió el tapete fue Patrizia de Candia, una chava que conocimos a través de Claudio Francia, quien le había hecho conversación en la biblioteca de la Facultad (al parecer, ligar en las bibliotecas era una extraña especialidad de Claudio). Patrizia estudiaba historia contemporánea en la Universidad de Bolonia, luego de haber obtenido un B.A. en Chicago, y usaba a menudo nuestra biblioteca porque vivía muy cerca del edificio donde estaba la Facultad. Era una mujer bella, garbosa y diferente.

Hablaba el italiano con un ligero acento inglés, que ella negaba poseer. Nacida en Alejandría de Egipto, había vivido su infancia y buena parte de su adolescencia en la Sudáfrica del apartheid (insistía en que la zona angloparlante, donde ella residía, estaba en contra del sistema, a diferencia de los racistas afrikaaners de origen holandés; también subrayaba, muy a la defensiva, que su papá era profesor universitario, no el típico empresario italiano que emigraba para obtener grandes ganancias de bajos salarios). Además de estudiar, era maestra sustituta de inglés en una secundaria, pero no lo hacía por el dinero, porque su familia era acomodada.

Su maquillaje era suave; sus ropas, normalmente holgadas –Eduardo Mapes diría después que era para disimular sus atractivas formas-, eran de alta calidad; por su actitud, se sabía guapa; estaba –como todas- metida en la onda del feminismo, pero decía que no, tal vez porque no compartía el lenguaje radicaloso impregnado de marxismo. A mí me gustó de inmediato. Y mucho.

Yo también le gusté, porque pronto se convirtió en visitante asidua a nuestro departamento y aprovechábamos el tamaño de mi mesa de trabajo para estudiar juntos, cada quien su onda, durante largas horas, en las cuales no faltaban los guiños, las breves pláticas, la sensación de creciente calidez.

Esos fueron los días de explosión demográfica de las radios libres, un movimiento impulsado por el Partido Radical que pretendía que los ciudadanos le arrancaran al Estado el control de los medios de comunicación electrónica. Con una inversión mínima, se montaron decenas de estaciones pirata, que ocuparon el espacio (una de ellas, Radio Alice, incluso asesoraba a los autónomos en sus escaramuzas con la policía en Bolonia). Con el tiempo, la política cedió espacios al comercio y aquellas movilizaciones culturales terminarían por allanar el camino a los empresarios y sus jugosos negocios.

Pues bien, en Módena no podía faltar una radio libre, y los activistas nos invitaron a los estudiantes mexicanos a hacer un programa con música latinoamericana. Un día antes de la cita, nos enteramos por Il Manifesto y L’Unità que el movimiento sindical que unía a trabajadores académicos con los administrativos de la UNAM había sido reprimido y que habían sido detenidos mis profesores Eliezer Morales y Pablo Pascual (“Pascual Moncayo”, escribía la prensa, pero sabíamos que era Pablo), así como los que mi amigo Raúl Trejo había descrito como sus compañeros más cercanos en la grilla universitaria: José Woldenberg, Erwin Stephan-Otto y Alejandro Pérez Pascual. Decidimos entonces que el programa de radio sería en solidaridad con los compañeros reprimidos por el gobierno mexicano y con la huelga de la UNAM.

Al programa llevamos música de todo tipo, pero sobre todo guapachosas. De Celia Cruz a la Sonora Santanera. Edgar List leyó un poema suyo reciente, que yo traduje. También leí un rollito en el condenaba la detención de los sindicalistas. A la estación –guiado por la búsqueda de una antena- llegó un refugiado chileno, emocionado porque después de varios años había podido escuchar radio en español. También tuvimos una crítica: a Roberta, la entonces novia de Mapes, no le había parecido que yo tradujera la letra de “El Ladrón”, que cantaba Sonia López con la Santanera, porque era “evidentemente sexista”.

Patrizia de Candia había estado estudiando conmigo hasta minutos antes del programa, nos llevó a la estación de radio y se quedó con nosotros todo el rato. Luego se dio cuenta -¡bendito Freud!- que había olvidado su bolsa en nuestro departamento, así que allá fue también de regreso. Ya era muy noche y la convencí de que se quedara (le presté una camisa mía de manta, que usó a manera de baby-doll). Nos la pasamos en cama platicando, besándonos, conociéndonos, fajando, platicando más, acariciándonos, mirándonos tiernamente, descubriéndonos hasta las seis de la tarde.

Un par de días después nos enteramos que los sindicalistas mexicanos habían sido liberados.

lunes, octubre 19, 2009

La teoría de la estupidez humana


En su ensayo “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, dentro de su libro Allegro ma non troppo, el historiador y economista italiano Carlo Cipolla divide a los seres humanos en cuatro categorías: los desprevenidos (o incautos), los inteligentes, los bandidos (o malhechores) y los estúpidos. Los desprevenidos son personas que hacen cosas que benefician a otros y los perjudican a ellos; los inteligentes hacen cosas que los benefician y también aprovechan a los demás, los bandidos hacen cosas que los benefician a ellos, pero perjudican al prójimo y los estúpidos hacen cosas que no benefician a nadie, perjudican a otras personas y a menudo también dañan al propio estúpido que las hizo.

Esto se puede graficar con en un cuadrante, como se ve en el gráfico 1. En la parte superior, aquellos que benefician a los demás; en la inferior, los que los perjudican. En la parte izquierda, quienes se perjudican a sí mismos; en la derecha, quienes se benefician.

Según Cipolla, una persona inteligente puede a veces comportarse como una incauta o incluso como un malhechor. Un malvado puede a veces portarse de manera inteligente o incluso incauta. Un desprevenido puede a veces ser inteligente y en otras, incluso, llegar a actuar como bandido. Pero la mayor parte de las acciones de cada uno responderá a su característica fundamental. Al mismo tiempo todos ellos saben, en su fuero íntimo, a qué categoría pertenecen, y reconocen si han cometido alguna estupidez –lo que ocasionalmente sucede.

El estúpido es diferente, porque tiende a comportarse de manera coherente: es casi indefectiblemente estúpido, y porque es el único grupo que no se da cuenta a cual de las categorías pertenece.

A partir de ahí, Cipolla hace una gráfica, un cuadrante de costo-beneficio, del cual pretende –para fines didácticos- excluir cualquier tipo de imperativo moral. De ahí resulta que las acciones inteligentes tienen todas suma positiva, algunas acciones “desprevenidas” pueden, igualmente, tener suma positiva (pensemos, por ejemplo, en los actos de heroísmo en los que el personaje pierde la vida, pero salva muchas) y hasta algunas acciones de los malhechores resultan en suma positiva, porque la pérdida ajena es inferior a la ganancia del bandido (a éstos, Cipolla los califica de “deshonestos” , o "bandidos inteligentes", cuyos efectos se ven en la gráfica 2 como la zona Bi). Más a menudo, los malhechores hacen más daño que el beneficio que obtienen (es el caso típico de los criminales)., y sus acciones se ubican en la zona Be. Pero en el caso de los estúpidos, la suma siempre es negativa. Es gente que nos hará perder dinero, tiempo, tranquilidad, oportunidades a cambio de nada. Gente obstinada en entorpecer la actividad ajena.

Si analizamos la gráfica 3, resulta casi de manera automática que los estúpidos son más dañinos que los malvados. La suma negativa es el espacio que está debajo de la línea NOM. Cipolla dice, con todas sus letras, que son más peligrosos. ¿Por qué?

En primer lugar, porque siempre se subestima su número. Personas que uno ha considerado racionales e inteligentes en el pasado, se revelan como indiscutiblemente estúpidas: este predicado impide atribuir un porcentaje de la población a la categoría.

En segundo lugar, porque "la probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona". Esto significa que la estupidez no distingue sexo, raza, nacionalidad, profesión o condición social.

En tercer lugar, no sólo se subestima la cantidad, sino también el potencial nocivo de las personas estúpidas. Una persona inteligente puede entender la lógica del malhechor, porque tiene cierta racionalidad, basada en la búsqueda del beneficio propio a costa de lo que sea. Esa racionalidad permite, hasta cierto punto, defenderse de ellos y, si se puede, pasar al contrataque. En cambio, a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Por lo mismo, es muy complicado defenderse de quien no tiene un plan preciso, y los ataques de los estúpidos suelen ser particularmente devastadores.

Como, además, los estúpidos automáticamente generan sumas negativas, Cipolla concluye que el estúpido es más peligroso que el malvado. Su capacidad de hacer daño depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad.

Esto nos obliga a saltar de lo “micro” a lo “macro”. ¿A qué se debe que algunas sociedades estén en ascenso y otras en decadencia? Según el historiador, ambas tienen el mismo, elevado porcentaje de estúpidos. Pero en una sociedad al alza, hay muchos inteligentes en el poder, y tienen bajo control a los estúpidos, mientras que en una sociedad en decadencia, abundan los malhechores entre las personas que están en el poder, y éstos suelen ser más permisivos con los estúpidos. Al mismo tiempo, entre quienes no detentan poder alguno, crece la proporción de desprevenidos/incautos. Es la fórmula perfecta para dirigirse a la ruina.

Si damos un repaso a la situación nacional reciente, encontraremos algunos casos paradigmáticos. Por ejemplo, Juanito parecía, en sus primeros momentos como personaje público, un incauto en manos de un bandido. Posteriormente se reveló como un estúpido. Chucho Ortega y Germán Martínez Cázares se demostraron capaces de hacerle daño (no sólo electoral) a sus partidos y no se ve qué beneficios hayan recogido. Podríamos continuar la lista, pensando en los temas que han sobrecogido al país en el último año: la guerra contra el narco, la estrategia contra la influenza, las medidas contra la crisis económica, el conflicto del SME, el paquete fiscal-presupuestal…

Creo que lo inteligente es dejar a los lectores sacar sus propias conclusiones sobre quién se ubica en qué punto del cuadrante y sobre las razones por las cuales la percepción mayoritaria es que el país se encuentra en decadencia.