jueves, septiembre 17, 2009

Biopics: Segundo rosario de anécdotas italianas


La crisis económica.

Los años que pasamos en Italia son considerados como de crisis económica internacional. Pero de todos modos era primer mundo. La crisis, para nuestros vecinos del barrio obrero, fue que ninguno de ellos pudo comprar auto del año… pero Mancini se compró una moto de 450 cc, la señora Grassi otra moto, pero de calle, y el sureño Basso, a quien habían mandado a la Cassa Integrazione (paro técnico por seis meses, percibiendo 70 por ciento del sueldo) se compró una bici de carreras… orden del médico, para que dejara de estar en su casa rascándose los güevos y bebiendo botella tras botella de vino.


El examen de Carreto.

Jorge Carreto tenía problemas en Teoría Económica II. A mi entender, estudiaba demasiado –hasta hice una curva de rendimientos marginales para explicarle por qué, a partir de la cuarta o quinta hora seguida, el aprendizaje por cada minuto extra de estudio se vuelve negativo: es decir, uno ya no aprende nada y nomás se hace bolas- y se distraía con las notas al pie y con las referencias. Y estaba nerviosísimo porque ya se acercaba el examen con Pivetti.

Eduardo Mapes, por su parte, estaba empeñado en ligarse a Lucrezia Reichlin, la chava guapa que nos miraba de arriba abajo. Así que la invitó a jugar tenis. Consiguió una cancha buena, pero en un horario muy tempranero, el mismo día del examen de Carreto. Lucrezia no llegaba y Mapes fue por ella a su casa. Tocó el timbre y quien le abrió no fue Lucrezia, sino un desmañanado Profesor Pivetti.

Mapes se quedó sin jugar tenis, y Pivetti no aprobó a Carreto, lo regresó para que repitiera el examen otro día.


Disgresiones sobre el verbo chiavare

He comentado acerca del triángulo platónico (de mi parte) con Paolo y Anna. Una de las razones por las que fue platónico tiene que ver con el día en el que Anna me preguntó de improviso: “¿Para ti chiavare significa penetración?” (chiavare, cuya traducción literal es “llavear”, es una palabra coloquial traducible como “coger”).

En ese momento, el estudioso del lenguaje que llevo dentro me jugó una mala pasada. Pensé, como si la pregunta de Anna hubiera sido de lingüistica: “Chiavare=llavear; la llave penetra en la cerradura…”.

-Sí –respondí, a modo de conclusión.

-Pues por eso nunca voy a hacer el amor contigo.


Un rol a Venecia que no fue,

Una tarde-noche Eduardo y yo nos fuimos a tomar unas chelas con Marta Cuoghi-Costantini y una amiga de ella, una gorda muy gorda pero que sabía mucho de rock y que me hizo una carta astral que concluía en que tendría éxito como sindicalista y cargaría una cruz en mi matrimonio. Cuando en el auto de Marta, nos llevaban a casa a Mapes y a mí, a Eduardo se le ocurre una idea genial:

-¿Por qué no nos vamos ahorita mismo a Venecia a pasar el fin de semana?

La gorda de inmediato dijo que sí, entusiasmada; yo –que iba en el asiento de atrás con ella- me dije: “bueeeno, al cabo me cae bien”. Pero Marta dudó, titubeó ante el segundo argumento de Mapes y acabó depositándonos en casa.

Luego Marta nos dijo que le había comentado a su mamá lo sucedido. La respuesta de la madre fue muy sabia:
-Ay hija, si no haces eso a los 25 años, no lo harás nunca.


Nuestros nombres

Para los italianos era difícil pronunciar nuestros nombres.

El más sencillo era el de Eduardo Mapes. A veces decían Edoardo, pero por comodidad, ya que era conocido el cómico napolitano Eduardo De Filippo.

No sé si nos les gustó el Francisco o les pareció mucho más fácil y divertido el Pancho, que es como me decían -pero escribían Pancio-. ¿Habrá habido reminiscencias cervantinas? Más problema era el apellido, Báez, que ellos pronunciaban tranquilamente como Baetz; pero si yo lo hacía ante un desconocido, lo más probable es que escribiera Baitz. Por eso mejor se los deletreaba al estilo telefonista: "Bologna-Ancona-Empoli-Zurigo".

El nombre "Jorge" se les dificultaba muchísimo a nuestros amigos y compañeros. Lo peor es que Jorge Carreto insistía en que se pronunciara correctamente. Cuando alguno, con esfuerzo extremo, alcanzaba a decir "Jjjorjjje", Carreto lo corregía: "el primer sonido es más fuerte, el segundo es más suave... joooor-ge". El italiano lo volvía a intentar, fallaba de nuevo, Jorge corregía y así ad infinitum. Al final se cansaron y lo llamaban Orche (pronúnciese "Orque"), pero yo prefería llamarlo Porche (pronúnciese "Porque"): Porche Caretto.

El que de plano se rindió fue Jorge Castañares, porque -además del nombre propio- la eñe nomás no les entraba. Una vez se estaba inscribiendo para un cineclub del Arci y le preguntaron el nombre: "Giorgio Castagnari", respondió, muy quitado de la pena, y se resolvió la vida.


La mensa operaia

Como estábamos en casa estudiando casi todo el tiempo, una opción para ir a comer era el comedor obrero de Módena Est, a unas cuatro cuadras de la casa. La comida era ligeramente más cara que en el comedor universitario, y también algo más gacha –eran codísimos con el parmesano-, pero no había que echarse una excursión en bicla. Solíamos ir alrededor de las dos de la tarde, cuando ya casi todos habían terminado, para ahorrarnos la cola. A cambio, nos tocaba ver llegar al comedor a un grupo de jóvenes deficientes mentales, conducidos por Alberto Morsiani, un conocido nuestro que estudiaba sociología en Bolonia y que ya pintaba como el crítico local de cine. No eran más de diez, pero conseguían hacer un caos fenomenal. Uno de ellos –o una, nunca pude distinguir si era hombre o mujer- siempre coronaba la comida echándose una jarra entera de agua en la cabeza, ante la mirada no sé si indolente o resignada de Morsiani. El día que él me llevó a ver a su espeluznante mascota, terminó por darme el tema perfecto para un cuento.

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