viernes, diciembre 02, 2016

"Era un tirano, pero era mi padre" (algo sobre la muerte Fidel Castro)




Me lo dijo hace años un cubano: “Fidel es un hijo de puta, pero es mi padre”. Resumía en esa frase la contradictoria sensación de muchos de sus compatriotas ante ese hombre que les definió la vida entera, ese individuo que fue portento de la historia, y que ahora ha muerto.

El fallecimiento de Fidel deja a muchos en una extraña orfandad. Se ha ido quien les dio razón de vida y, al mismo tiempo, les hizo la vida imposible. Esa figura a veces sabia, pero siempre atrabiliaria. La guía que no los dejaba crecer y los castigaba si pensaban por sí mismos. El patriarca que daba, pero que exigía sacrifico constante y adoración. El mito viviente y aplastante.

En algún momento, Fidel declaró que había sido marxista toda su vida. Por lo menos lo fue en su obsesión con la Historia, esa que se escribe con mayúsculas y cuyo avance implacable vale más que cualquier vida humana. Lo trágico es que la Historia –su concepción maniquea de una Historia que absuelve o condena-  le importó más que sus millones de hijos.

En realidad, la formación de Fidel fue otra. Las fuentes de las que abrevó su generación revolucionaria estuvieron lejos del socialismo científico y cerca del idealismo retórico de hace un siglo. José Enrique Rodó y José Ingenieros. No fue El Capital; fueron Ariel y El Hombre Mediocre.

Rodó advertía contra la “nordomanía”, la penetración cultural estadunidense, y proponía la unidad 
latinoamericana frente al imperialismo, para hacer una revolución guiada por seres humanos educados moral e intelectualmente.

Ingenieros dividía a la población en inferiores, mediocres e idealistas. A estos últimos les tocaba la tarea de perseguir quimeras y, en esa tarea, quemar el pasado y abrir paso al porvenir. Les tocaba ser pastores de las masas, ese inmenso rebaño que aprendería a pensar con la cabeza del idealista.

Estos pensadores de hace un siglo no eran democráticos en el sentido moderno de la palabra. Imaginaban una casta superior –no por su clase social, sino por sus ideales– que guiaría a los pueblos a su dicha. A final de cuentas, prepararon el camino ideológico para el surgimiento del populismo latinoamericano, para la llegada de los caudillos, de los patriarcas, de los déspotas ilustrados. Fidel fue el máximo y más exitoso exponente de esa estirpe y el único que de verdad se enfrentó a la “nordomanía” y al imperialismo norteamericano.  Que haya aderezado su acción con una barnizada de marxismo aprendido a las carreras es resultado de la geopolítica del momento.

¿En dónde se juntan el idealista Fidel y el marxista Guevara (en versión trasnochada de Mariátegui)? En la idea grandilocuente del “hombre nuevo”, que desecha la condición humana y pretende una nueva construcción, totalmente ideológica, en la que la transformación de la conciencia convierte a las personas en apasionados seguidores del ideal revolucionario (en fanáticos o en feligreses, diría el crítico).

Tras la vorágine revolucionaria popular que derroca al dictador, Fidel encabeza a una casta de idealistas que –obligados rápidamente a enfrentarse al imperialismo de la época– dan un vuelco radical a su movimiento de masas, e intentan crear al “hombre nuevo”, sin que existan las condiciones objetivas para ello.

El resultado, más de medio siglo después, no deja dudas de que fue un fracaso. Los hijos, los millones de hijos de la Revolución del Comandante en Jefe Fidel Castro, lo intentaron, pero no fueron diferentes a las demás personas. Repitieron las consignas. Por algunos años incluso creyeron en ellas. Quisieron ser distintos, para complacer al padre. Hicieron trabajo voluntario. Aceptaron sacrificios (la tarjeta de racionamiento, el más representativo). Jalaron p’alante. Pero eran humanos, al fin y al cabo. Nunca podrían, y nunca pudieron, ser como lo exigía el padre (o el padrastro, que era más rígido, además era argentino y qué bueno que se largó al Congo y a morir a Bolivia).

Y Fidel siempre recordaba a los muertos. A sus compañeros del asalto al Cuartel Moncada. A los caídos en Sierra Maestra. A los de Playa Girón y la Ciénaga de Zapata. El cubano vivo tenía que rendir eterno homenaje a los muertos con trabajo, sudor, disciplina política. El padre a cada rato le decía a los hijos vivos lo buenos, lo generosos que habían sido sus hermanos muertos, con los que no se podían comparar.

Fidel era un padre que sabía de todo. Era experto en pesca, en finanzas, en industrialización, en agricultura, en cocina, en deportes, en lo que dijeras. Y si fallaba la Zafra de los 10 Millones, si fracasaba la Industrialización Instantánea, si el Sistema Financiero Presupuestado se convertía en un hoyo sin fondo, si la Revolución Energética significaba apagones de horas en toda la isla, por años enteros, no era culpa de Fidel, que sabía lo que ordenaba, sino de los hijos malagradecidos. Ya se sabe que las leyes objetivas de la construcción del socialismo son las leyes subjetivas del Comandante en Jefe.

Y era un padre que siempre te vigilaba. Que hacía que unos de sus hijos denunciaran a otros, a los que hubieran mostrado el más ligero signo de deslealtad y desobediencia. Esa vigilancia trastocó las relaciones sociales: generó un miedo mortecino a decir las cosas, porque el vecino podía ser chivato; generó una cultura de la simulación (los más ardientes revolucionarios de repente aparecían en el Mariel, en un bote que los llevaría a Miami), de la sospecha (es mi socio, mi amigo, ¿no será informante del Minint?), de las peores traiciones. Ningún antídoto mejor contra “el hombre nuevo”.

Fidel era un patriarca de largos sermones. Larguísimos. Discursos interminables que había que diseccionar para adivinar sus deseos, y poder cumplirlos.

Pero hablaba bonito. Era enorme orador. Sin retórica revolucionaria no habría habido Revolución. Era un padre que sabía hacer sentir orgullosos a sus hijos. Que les dijo que eran mejores que otros. Que les vendió con éxito –al menos por tres décadas– la idea de dignidad nacional. Que igualó sus condiciones materiales en la pobreza, pero no –casi nunca- en la miseria.

Y sí, con Fidel al frente, Cuba tuvo logros notables en educación, en salud, en deporte. Eso, a cambio de vivir en el Castillo de la Pureza revolucionaria.

El padre titánico y tiránico ha muerto. Hace rato que dejó el control de la casa al tío, un hombre pragmático que no tiene su carisma pero sí más sentido común. Aún así, el sentimiento de orfandad existe. Fidel, Fidel/ ¿Qué tiene Fidel/ que los americanos/ no pueden con él?

Cuando un patriarca de ese tamaño muere, hay un duelo necesario e imprescindible. Después de ello toca a las nuevas generaciones la tarea de madurar de prisa, de ser ellas las dueñas de su propio destino. Se acerca el momento de la reconstrucción política de Cuba y deben ser los propios cubanos, soberanos, y nadie más, quienes decidan las formas.

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